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martes, 22 de enero de 2013

La consciencia: de misterio a objetivo científico muy preciado

Revisión de diversas concepciones sobre la mente humana
La consciencia es probablemente uno de los temas de moda en el panorama científico actual. Ha pasado de ser un misterio o un aspecto del psiquismo a convertirse en “el trofeo más preciado” de la neurociencia, la inteligencia artificial (I.A.) y la psicología. Nuestro objetivo en este artículo es poner de manifiesto algunas de las debilidades de las que adolece la concepción estrictamente mecanicista de la mente humana, revisar críticamente algunos de los planteamientos alternativos sobre el tema esgrimidos hasta la fecha, y presentar nuestra propia propuesta. Por Juan Pedro Núñez Partido.
Imagen: .shock. Fuente: PhotoXpress.
Imagen: .shock. Fuente: PhotoXpress.

La consciencia es probablemente uno de los temas de moda en el panorama científico actual, ha dejado de ser un misterio o un aspecto del psiquismo que se dejaba de lado por las gigantescas dificultades que su investigación entrañaba y ha pasado a convertirse en “el trofeo más preciado” de la neurociencia, la inteligencia artificial (I.A.) y la psicología. Además, por tratarse de la dimensión primera de la mente, a la única que tenemos acceso de forma directa, y por ser la responsable de nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos, su abordaje científico estrecha el cerco entorno al “alma humana”, a la naturaleza misma de lo que somos como individuos.

Por otro lado, su estudio pone encima de la mesa, con intención de cerrarlo definitivamente, el espinoso tema de considerarnos a nosotros mismos seres libres, con capacidad de decisión y responsables de nuestros actos. Si tenemos en cuenta que la posición más ampliamente aceptada en las ciencias de la mente es que, básicamente, somos un complejo mecanismo, comprenderemos fácilmente la “amenaza” que esto implica a la concepción del ser humano de las tres grandes religiones monoteístas ya que desmantela el principio de responsabilidad moral del individuo.

El mecanicismo nos advierte de que la libertad, entendida como la capacidad para tomar decisiones no determinadas por ningún tipo de regla o proceso pre establecido, podría ser una mera ilusión basada en la falsa sensación de “control” que tenemos. De igual manera que durante siglos creímos que el sol giraba alrededor de la tierra, pues ésa es la sensación que nos transmiten nuestros ojos.

Por tanto, cuando conscientemente pensamos, sopesamos las ventajas e inconvenientes de distintas opciones y valoramos la alternativa más conveniente para nosotros y tomamos una decisión, lo que vivimos y experimentamos sería exclusivamente la consecuencia de procesos inconscientes que están fuera de nuestro control, por lo que dicha experiencia consciente no tendría ninguna función causal sobre nuestras acciones ni sobre nuestros estados internos.

Nuestro objetivo en este artículo es, simplemente, poner de manifiesto algunas de las debilidades de las que adolece la concepción estrictamente mecanicista de la mente humana, así como revisar críticamente algunos de los planteamientos alternativos esgrimidos hasta la fecha y presentar nuestra propia propuesta.

¿Científicamente libres?
La libertad como tal no es un concepto objeto de estudio científico. La ciencia busca desvelar las regularidades causa-efecto que explican el comportamiento de los elementos de la naturaleza. Y la libertad, de existir, es por definición un principio de acción indeterminado, no sujeto a reglas, pues no es otra cosa que el criterio caprichoso y arbitrario que cada individuo utiliza para tomar sus decisiones. Por tanto, no sería posible “atraparlo” científicamente, ya que no puede ser causada por ningún otro fenómeno, ni su actividad es suficientemente estable ya que no se ajusta a principio alguno.

Esta dificultad “conceptual” tiene una segunda lectura y es que si existiera algo parecido a la libertad, tal y como la concebimos, al menos una de las premisas universales sobre las que se asienta el método científico se vería claramente cuestionada.
La posibilidad de que las decisiones que toma una persona, no sean la consecuencia inevitable de la combinación de una serie de procesos que siguen determinadas reglas, negaría directamente el supuesto de que todo fenómeno tiene una causa y que dicha relación causa-efecto está determinada por la naturaleza de las propiedades físicas de ambos.


Mejor hablamos de la consciencia
Con lo expuesto anteriormente, es fácil entender que el debate científico sobre la libertad se desviara, sutilmente, al papel de la consciencia en el devenir de nuestros actos y de nuestra vida psíquica.

Por un lado, porque ciertamente es imposible hablar de libertad si la consciencia no fuera activamente relevante, es decir, si fuera un mero epifenómeno. Dicho de otra manera, la libertad no puede residir en el inconsciente, pues no tenemos acceso a sus contenidos ni control sobre su actividad. Así pues, en la medida en que logremos determinar si la consciencia tiene un papel y en qué consiste éste, automáticamente podremos concluir si hay margen o no para hablar de libertad en el ser humano.

Por otro lado, aunque lo hemos señalado de pasada, las leyes de la ciencia son las leyes de la física. Vivimos en un mundo físico y a través del conocimiento de sus propiedades es como hemos llegado a entender los principios que lo rigen. Pero resulta que la consciencia, su naturaleza última al menos, se resiste a poder ser inequívocamente identificada con los procesos neurológicos en los que reside o de los que surge.

Es decir, sensaciones como el rojo, el frío, el dolor etc. sólo existen en nuestra mente consciente y no son idénticas ni a los estímulos que las provocan, ni a las estructuras o actividades neurológicas que las soportan porque poseen características completamente distintas [1] . Por eso no es de extrañar que, recientemente, sea al amparo de la “misteriosa” física cuántica, donde muchos investigadores hayan puesto sus esperanzas para dar con la clave que desvele la naturaleza última de la consciencia.

De ahí que el debate en torno a la consciencia sea un reto sin parangón para poner a prueba los límites del método científico y el valor de algunos supuestos de los que parte.

Encrucijada ciencia-religión
Así pues, “con las grandes religiones amenazadas y la ciencia en entredicho”, el debate en torno a la consciencia se ha visto inmerso en el epicentro del cada vez más radicalizado debate entre ciencia y religión [2] . Por eso, algunos de los científicos y pensadores más relevantes del momento han tratado de “resolver el misterio” de la consciencia, aprovechando que la psicología no tiene un modelo claro de la mente y sí planteamientos contradictorios con respecto a su papel [3] y que tanto la neurociencia como la I.A. parecen ofrecer datos inequívocos sobre el mecanicismo cerebral.

En este sentido, para situar al lector, vamos a aclarar nuestro punto de partida con respecto a algunas de las cuestiones implicadas:
1. La ciencia como forma de conocimiento no está amenazada. Si alguno de sus supuestos tuviera que ser revisado para el ámbito específico de la actividad consciente, no sólo no sería un drama sino que estaría ampliamente justificado por la excepcional naturaleza de la consciencia [4].
2. Debido al escaso conocimiento que a día de hoy tenemos del funcionamiento de la mente en general y de la actividad consciente en particular, pretender cerrar rápidamente el debate sobre el papel de la consciencia, nos resulta poco razonable pues conlleva un alto riesgo de hacerlo de forma simplista.
3. El debate no es si somos o no somos libres genéricamente, sino que asumiendo que somos básicamente un mecanismo, pues así lo indican claramente la mayoría de los datos que conocemos sobre el funcionamiento de nuestro sistema nervioso, se trata de establecer si lo somos al 100% o queda margen para que parte de nuestra actividad psíquica no esté determinada por principios físico-biológicos o computacionales.
4. La simulación que la I.A. hace de muchas funciones psicológicas humanas, incluidas las que están estrechamente ligadas a la actividad consciente, no demuestra que la consciencia sea funcionalmente irrelevante [5] (en la medida que las máquinas no tienen experiencia subjetiva) sólo que hemos sabido pormenorizar y ordenar eficazmente nuestro conocimiento consciente en ámbitos muy específicos, para que el sistema artificial lo reproduzca [6].
5. Que reconozcamos nuestra ignorancia sobre la naturaleza última de la consciencia, no implica necesariamente ningún tipo de dualismo [7], ni abre la puerta al esoterismo o a conceptos ajenos al debate científico como son el alma o el espíritu. Basta con asumir que la consciencia es una dimensión o forma de manifestación de la materia de la que desconocemos sus propiedades y que como tal emerge de la actividad neuroquímica del cerebro (emergentismo).
6. Atribuirle a la actividad consciente un papel causal no es un problema mayor que el de explicar cómo la actividad neuroquímica del cerebro se transforma en las experiencias conscientes. Desconocemos cómo ocurre dicho proceso, pero basta que el proceso se invierta, lo cual no es excepcional en la naturaleza, para que la causalidad de lo consciente sobre lo neurológico quede explicada.
7. Como ya veremos, hablar de un “yo que toma decisiones con libertad” (es decir, no determinadas al 100%) tampoco implica necesariamente un modelo de la mente a modo de “teatro cartesiano” [8] con el consiguiente problema del homúnculo interno [9].

Un modelo de la mente
Un debate de esta envergadura requeriría partir de un modelo de la mente mínimamente estructurado, basado en los datos que sobre las distintas funciones psicológicas tenemos en la actualidad y que tenga como eje central la interacción entre la consciencia y el inconsciente. De lo contrario, los límites de lo “razonable” se vuelven demasiado amplios. Desgraciadamente esa es la situación en la que nos encontramos en la actualidad, no existe un modelo de la mente ampliamente aceptado del que podamos partir y menos aun con las características mencionadas [10].

Así pues, no nos queda más remedio que partir de “nuestro” propio modelo, y al no tener espacio aquí para desarrollarlo, al menos vamos a especificar algunos de sus elementos fundamentales:
1. Entendemos como consciencia, el continuo fluir de contenidos y actividades de los que tenemos una vivencia subjetiva directa, por lo que podríamos dar cuenta de ellos en un momento dado. Como vemos, la consciencia queda definida por la calidad de los contenidos que la configuran (qualia) los cuales son excepcionales y su valor o significado es en sí mismo irreducible a ninguna otra cosa.
2. En la medida que ninguno de nosotros tiene experiencia directa alguna sobre el modo en cómo se generan dichos contenidos (frío, rojo, hambre, miedo, etc.) el proceso de gestación de los mismos se realiza de forma inconsciente. Es decir, toda experiencia consciente está en alguna medida soportada por la actividad inconsciente [11].
3. Por tanto, necesariamente los modos de procesar consciente e inconsciente de la mente están estrechamente vinculados y configuran una unidad de trabajo perfectamente armonizada [12] en todas sus facetas: percepción, atención, memoria, aprendizaje, emociones, pensamiento…
4. La excepcionalidad de los contenidos conscientes reside, entre otras cosas, en la coordinación de distintos dispositivos inconscientes que crean unas experiencias multidimensionales [13] , pero unificadas de la realidad: vemos, oímos, tocamos, olemos, sentimos…, los objetos del mundo de forma integrada (incluidos nosotros mismos) [14].
5. El mero fluir de los contenidos conscientes posibilita un espacio de trabajo único, pero la actividad consciente propiamente dicha sería la manipulación que la mente hace de dichos contenidos [15]. En sí misma es una actividad relativamente sencilla. lo que la hace excepcional son las posibilidades que ofrecen los contenidos que la configuran.
6. Cuando la mente trabaja en modo consciente está al límite de su capacidad de computación ya que, por un lado, varios de sus dispositivos inconscientes tienen que actuar coordinadamente para crear determinados contenidos conscientes y simultáneamente, por otro lado, tiene que manipular dichos contenidos [16]. De ahí que la actividad consciente vaya unida a la sensación de esfuerzo y cansancio y sea mucho más precaria computacionalmente hablando que la inconsciente, es decir, procese pocos datos y de forma secuencial (en serie).
7. La capacidad de trabajo de la mente en modo inconsciente es enorme ya que puede procesar rápidamente una gran cantidad de datos, así como realizar multitud de tareas a la vez (en paralelo).
8. El modo de trabajo en formato inconsciente es el mecanismo óptimo cuando se sabe qué respuesta dar ante determinada señal, ya que permite ejecutar simultáneamente un montón de procesos en cuanto se detectan los estímulos correspondientes. Esto obliga a la mente tener almacenada mucha información sobre la regularidad de los acontecimientos, para que la eficacia de la respuesta esté suficientemente “garantizada”, pues su ejecución es tan rápida que es muy difícil y costoso rectificar sobre la marcha.

Características y papel de la conciencia
El alto coste que la actividad consciente conlleva, así como su reciente aparición en el desarrollo de las especies “exigen”, evolutivamente hablando, que sea una mejora o complemento al modo de procesamiento inconsciente. Y así parece, puesto que sus características nos permiten actuar con relativa eficacia en las situaciones en las que nos faltan datos para saber cuál es la respuesta más adecuada, es decir, para aquellas que no tenemos una regla de actuación funcionalmente operativa.

Como ya hemos señalado, la consciencia surge de la capacidad de la mente para reproducir internamente, en un código sin parangón, los aspectos más relevantes del mundo externo e interno, para después poder manipularlos con cierta coherencia. Dichos contenidos generados por la actividad inconsciente son vivencias sensorial y afectivamente integradas de los distintos aspectos de la realidad.

Cada dispositivo especializado crea una señal diferenciada (qualia) pero compatible con el resto. La consciencia es el resultado de esa integración coordinada de señales y como tal es un “experimento” cuyo resultado la mente desconoce de antemano, puesto que cada combinación de elementos es distinta [17] y además depende de los recursos disponibles y del estado del organismo en cada momento.

1. Gracias a las características de los contenidos conscientes podemos evaluar la importancia y la eficacia “global” de la respuesta que es, precisamente, lo que conviene cuando desconocemos qué aspecto de la realidad es relevante, o qué respuesta la más eficaz. Dicha evaluación se desarrolla de tres formas:
1.1. Evaluando hasta qué punto los efectos reales (previstos o no) de la respuesta que estamos improvisando nos perjudican o nos benefician y/o se alejan de nuestro objetivo, en cualquiera de las dimensiones internamente representadas.
1.2. Comparando las consecuencias en las distintas dimensiones, lo que nos permite hacer un versátil balance de costes y beneficios.
1.3. Integrando en la evaluación la necesidad de responder o no a cualquier otra señal o demanda del medio que irrumpa súbitamente.
2. Como la probabilidad de error es muy alta, que el procesamiento consciente se realice en serie posibilita en gran medida corregir la respuesta sobre la marcha.
3. Además, el conocimiento consciente permite establecer rápidamente nuevas y originales asociaciones basadas en las semejanzas “cualitativas” entre las situaciones y no sólo en función de la acumulación “cuantitativa” de interacciones regulares con los acontecimientos (conocimiento inconsciente) [18] lo que amplia enormemente nuestro abanico de respuestas.
4. Otra ventaja es que cuando especulamos conscientemente sobre posibles estrategias de acción y tanteamos su puesta en práctica, “experimentamos” sin sufrirlas realmente las consecuencias a corto, medio o largo plazo de dicha acción imaginada, lo que posibilita “valorar su eficacia” sin correr riesgos.
5. Este modo de procesamiento es único en la evolución de las especies y es tan sofisticadamente costoso como eficaz, por lo que su mantenimiento y aprovechamiento lo colocan en el “centro” de nuestra actividad psíquica. Por eso, aunque una situación sea conocida, como siempre está sujeta a imprevistos, es también en modo consciente como la mente “supervisa” la evolución de la respuesta (motora) que estemos dando. Y también es, presumiblemente, la razón por la que genéticamente tenemos menos respuestas prefijadas, ya que a largo plazo es más eficaz poder ajustarlas y corregirlas rápidamente a la particularidad de cada circunstancia e individuo.

Déficits del mecanicismo
La explicación mecanicista del funcionamiento de nuestra mente es más que razonable, si bien hay ciertas limitaciones en su estructura argumental que no conviene ignorar.

1. No es lícito atribuirle al inconsciente la causalidad de todo proceso mental. En la medida que la actividad inconsciente sólo puede desaparecer totalmente con la muerte, dicha forma de argumentación se vuelve en la práctica circular. Además, ya hemos señalado cómo en gran medida los contenidos conscientes surgen de la actividad inconsciente. Por tanto, la clave está en demostrar si la actividad consciente aporta algo a nuestro funcionamiento psíquico y a nuestra adaptación al medio.
1.1. La psicología está llena de investigaciones en distintos campos (percepción, memoria, atención, aprendizaje, emociones etc.) en las que determinados procesos ven alterado su funcionamiento cuando participa la consciencia, resultados que no encajan fácilmente con la concepción de la consciencia como mero epifenómeno.
1.2. Además, estos resultados siguen un patrón coherente con el papel que le hemos atribuido al modo consciente de procesamiento ya que, básicamente, se establecen asociaciones más rápidamente, son más flexibles, inestables y menos fiables, y dicha actividad suele tener cierta prioridad sobre el procesamiento inconsciente [19].
2. Exactamente igual ocurre con la atribución exclusiva de causalidad al soporte neuronal (al menos mientras no se haya identificado la naturaleza física diferencial de la experiencia consciente). Al considerar la actividad neuroquímica como la causa única del comportamiento del organismo y simultáneamente de nuestras experiencias conscientes (doble causalidad) el debate queda cerrado de principio.
2.1. Además, no se puede negar tan fácilmente que, por ejemplo, sea el dolor el que nos lleva a retirar la mano cuando nos pinchamos con algo argumentando que, al detectar la destrucción del tejido, se disparan a la vez en el cerebro los impulsos para quitar la mano y sentir dolor (por lo que éste último no sería más que un mero fenómeno colateral) ya que cuando se elimina la sensación consciente de dolor, el sujeto no sólo no retira la mano sino que deja de gritar. Suponer “porque sí” que los analgésicos han actuado simultáneamente inhibiendo la actividad motora de la mano y de las cuerdas vocales, así como de los centros cerebrales del dolor, en nuestra humilde opinión, es mucho suponer a día de hoy. Si la presencia o no del dolor genera comportamientos distintos, no es tan sencillo eludir la capacidad causal de los contenidos conscientes.
2.2. Del mismo modo, si la causalidad fuera sólo en una dirección, parece difícil explicar los efectos que nuestra actividad mental tienen sobre el tejido neurológico (plasticidad cerebral). El entrenamiento cognitivo para la recuperación de funciones dañadas, el neuro feed-back, etc. implican que la actividad mental, especialmente en modo consciente, genera cambios en nuestro sistema nervioso. Pretender explicar estos resultados sólo a través del impacto físico de los estímulos externos es complicado, entre otras razones, porque sin el procesamiento consciente dichos efectos tardan más en producirse [20] y, por otro lado, basta la simulación consciente de la realidad (imaginación, sueños, alucinaciones…) para obtener efectos similares en el cerebro.
3. Si funcionalmente la consciencia no aportase nada, su aparición y su costoso mantenimiento como característica de la actividad cerebral, no sólo dejaría sin explicación por qué unas veces la información adopta ese formato y otras no [21] , sino que su existencia pondría en jaque los principios de la evolución.
4. Las normas culturales y sociales controlan una amplia gama del comportamiento humano, por lo que explicar cómo surgen, cambian o se mantienen es fundamental.
4.1. Las explicaciones mecanicistas que tratan de hacerlo al margen de la actividad consciente son cuanto menos cuestionables ya que plantean modelos de la mente con ciertas limitaciones [22] .
4.2. Además, que se recurra a la selección natural para explicar el origen de dichas normas como necesariamente ventajosas para la supervivencia [23], resulta paradójico cuando, como acabamos de señalar, es precisamente la teoría de la evolución la que se contradice al restarle valor adaptativo a la consciencia.
4.3. Algunas de esas normas son demasiado arbitrarias y cambiantes (modas, supersticiones, juegos, etc.) como para ser el resultado de procesos mecánico-biológicos y/o reglas establecidas mediante regulares contingencias ambientales.
5. Un sistema mecánico sólo es operativo cuando está perfectamente establecido su protocolo de acción, o el algoritmo de cómputo que ha seguir en cada circunstancia y además recibe todas las señales o datos necesarios para maniobrar en dicha situación. Por tanto, quedaría por explicar cómo el ser humano es capaz de responder con relativa eficacia en aquellas situaciones que son impredecibles, no tenemos información suficiente, ni sabemos cuál es la respuesta más adecuada [24]. Pues bien, resulta que las dos hipótesis mecanicistas más utilizadas para explicar cómo nos enfrentamos a dichas situaciones resultan básicamente insatisfactorias.
5.1. Una posibilidad sería que la mente diera respuestas al azar, pero en ese caso el nivel de eficacia de las mismas sería bajísimo, es decir, nuestra supervivencia estaría claramente amenazada. Además, sería necesario que el cerebro dispusiera de un dispositivo de selección aleatoria de alternativas, algo que a día de hoy no ha sido identificado.
5.2. La otra opción sería que se dispusiera de un exhaustivo y versátil sistema de atribución de probabilidades que, automáticamente, seleccionara la respuesta con mayor probabilidad de eficacia aunque ésta fuera mínima. El problema no es sólo imaginar el funcionamiento de dicho sistema (cómo atribuye probabilidades sin criterio claro y con pocos datos disponibles) sino que de existir, lo difícil sería entonces explicar la aparición de respuestas creativas y novedosas en contextos conocidos, pues las respuestas un poco más probables tenderían fácilmente a perpetuarse.
5.3. Por último, en ambos casos sería imposible explicar el fenómeno de la duda ya que ambos dispositivos seleccionarían una respuesta en cuestión de milésimas. En segundo lugar, puesto que la situación psicológica de duda existe, dicha experiencia consciente sería un artefacto terriblemente absurdo e innecesario, una especie de bucle que sólo serviría para perder un tiempo precioso y gastar energía. En tercer lugar, porque la cantidad de información no afecta por igual a un sistema mecánico que a un ser humano. Una persona tiende a dudar más cuanta más información tiene entre opciones equivalentes y opta con más facilidad cuando apenas tiene datos. Mientras que un sistema mecánico pondera mejor cuantos más datos tiene y tiende bloquearse si le faltan. Y en cuarto lugar, porque básicamente dudamos por no querer experimentar las consecuencias negativas de una opción ni renunciar a las positivas de la otra, y no tanto por no saber qué es objetivamente un poco mejor o un poco peor.

Imagen: caironbohemio. Fuente: PhotoXpress.
Imagen: caironbohemio. Fuente: PhotoXpress.

Neurología de la intención
Son muy conocidos los experimentos en los que se detecta actividad neurológica previa a la decisión de realizar un movimiento simple [24] , lo que indicaría que la “decisión” estaría causada por dicho proceso neurológico. El problema es que este razonamiento asume una fiabilidad en las medidas neurológicas actuales y realiza unas atribuciones a dichos datos algo desmedidas.

1. El rigor experimental exigiría identificar todo patrón neurológico de actividad consciente presente durante el experimento (pues ésta obviamente no desaparece) y descartar que no tiene relación causal con el patrón neurológico inconsciente detectado. Algo que inexplicablemente nunca se contempla. De hecho, la actividad neurológica registrada pudiera no ser más que una parte del proceso de decisión.
Cuando informamos de nuestra decisión nos referimos al momento final del proceso (el ¡ahora! definitivo) no a su inicio, lo que podría justificar en parte dicho desfase. Lo normal sería que durante el proceso se mezclasen los modos de procesar consciente e inconsciente, de forma que cierta evaluación-determinación consciente podría ir aumentando hasta alcanzar un punto en el que se desencadenara, de forma inconsciente, cierta actividad preparatoria, tanto emocional como motora, que a su vez podría llegar a precipitar el momento final de la decisión si supera cierta intensidad [25].
2. No tiene sentido dudar de la capacidad consciente del ser humano para juzgar la relación causal entre sus decisiones y sus comportamiento cotidianos, pero sí asumir como fiable el informe que los sujetos hacen en una situación extremadamente difícil a nivel consciente como es: tomar la decisión de realizar un movimiento [26] , además ejecutarlo y simultáneamente valorar el momento exacto en que han tomado dicha decisión, e informar de ello. Por lo que el desfase de un segundo que suele detectarse, no parece demasiado esclarecedor para todo lo que se le exige a nuestra capacidad de procesamiento consciente que, como ya hemos indicado, no es especialmente rápida.
3. Sin libertad de decisión, la instrucción “mueve el dedo cuando quieras”, típica de estos experimentos, sólo es resoluble mecánicamente a través de un sistema de toma de decisiones por azar, cuyas limitaciones ya hemos señalado.

Soluciones híbridas
Aunque no podemos ser exhaustivos, este debate ha propiciado concepciones de la consciencia y de la libertad razonablemente compatibles con el mecanicismo que, si bien para nosotros no son válidas, conviene conocer.

Probablemente, el primer y único modelo de la mente moderno (surgido de la investigación en psicología cognitiva) sea el de Baars [27] , el cuál atribuye a la consciencia la función de ser una “pizarra común”, es decir, el formato necesario que debe adoptar la información para ser intercambiada entre los distintos dispositivos inconscientes. De esta manera, la consciencia tendría un papel que justificaría su existencia desde un punto de vista evolutivo, sin cuestionar el modelo mecanicista de la mente. El problema es que los subsistemas inconscientes interaccionan e intercambian información sin necesidad de que ésta pase por consciencia [28] .

Por otro lado, algunos autores plantean que aunque seamos un mecanismo y la consciencia no aporte nada o casi nada [29] a nuestro funcionamiento psíquico, seguimos siendo responsables de nuestros actos, no moralmente, pero si como el organismo agente de los mismos [30]. O al menos nos interesa tratarnos unos a otros como si lo fuéramos ya que es una forma útil de organizar la interacción social [31].

La consecuencia: un yo que decide
Para cualquier organismo o sistema de procesamiento de información es crucial diferenciar qué señales provienen del exterior y cuáles del interior. Esta diferenciación es sencilla ya que todo organismo tiene unos límites bien establecidos, así como claramente identificadas las entradas de información externa. Los organismos con consciencia, lógicamente, deben mantener esta diferenciación en la representación interna que hacen de la realidad para evitar que el sistema se vuelva caótico [32].

La representación en modo consciente que la mente hace de las señales más frecuentes y constantes que recibe (señales del cuerpo [33], reacciones emocionales que se repiten, estrategias de pensamiento habituales, la percepción estable de que nuestras acciones generan consecuencias etc.) son la base de lo que denominamos nuestro “yo”.

Estos elementos comunes a la mayoría de las situaciones nos terminan resultando familiares y son los que nos permiten reconocernos como lo que somos: organismos estables, únicos y diferenciados del resto.
Si bien, no se trata de un conjunto rígido, uniforme e inalterable de elementos ya que, lógicamente, a lo largo de la vida se pueden añadir otros contenidos de presencia similar y tampoco es esperable que toda respuesta sea coherente con dicha estructura, pues hay aprendizajes específicos para situaciones concretas, así como respuestas puramente creativas y de tanteo [34].

Es importante caer en la cuenta de que, cualitativamente hablando, la representación consciente de dichos elementos no es más compleja que la de otros contenidos conscientes. Por tanto, no supone “una mente dentro de otra mente”, ni ningún extraño misterio o compleja función, sólo la representación en modo consciente de la parte más permanente de la realidad. Si bien las consecuencias que acarrea posibilitan un modo de procesamiento extremadamente excepcional [35]:
1. Gracias a que el sistema puede reconocerse en todo momento, es por lo que puede proyectar y mantener su acción a largo plazo en la maraña de cambiantes circunstancias y el consecuente replanteamiento de objetivos que constantemente le exige la realidad. Sin dicho “anclaje”, la versatilidad y adaptabilidad a las circunstancias presentes que posibilita el modo consciente entrañaría un alto riesgo de inoperancia. Si a la vivencia del “yo” se vincula un objetivo, éste es recuperable fácilmente por el sistema en cualquier momento aunque las circunstancias ya no lo demanden.
2. La sensación consciente de uno mismo posibilita reevaluar cualquier objetivo y estrategia a corto, medio y largo plazo con un criterio constante e “independiente” de las circunstancias y adaptado a lo que el sistema sabe de sí mismo (intereses y competencias).
3. Así pues, lo que llamamos LIBERTAD es la vorágine que implica especular y tantear con la simulación consciente de la realidad, evaluando multidimensionalmente los efectos de las distintas opciones, con la constante y familiar sensación del yo, en una espiral sin límites claros porque carecemos de los conocimientos que permitirían determinar la respuesta correcta. Podríamos decir que se trata de un proceso de creación de “reglas particulares” de actuación con pocos datos disponibles, lo que las hace poco estables en sí mismas. Pero si bien dicha especulación no está determinada a concluir de ninguna manera (alta flexibilidad) si queda básicamente delimitada por:
3.1. La información (veraz o no) a la que accedemos conscientemente sobre la realidad.
3.2. Las reacciones emocionales activas en ese momento y/o asociadas a las experiencias que tanteamos internamente con cada opción [36].
3.3. El conocimiento (realista o no) de nuestras propias habilidades intelectuales, motoras, sociales y emocionales.
3.4. Nuestra competencia consciente para tantear y configurar posibilidades más o menos complejas y originales (inteligencia y creatividad).
4. El “final” de la especulación, la decisión [37], puede sobrevenir “accidentalmente” por muchos factores: cansancio, irrupción de datos contundentes, presiones o influencias externas, planteamientos simplistas o muy sesgados etc. Pero el criterio de cierre más frecuente es conseguir “dar” con cualquier opción cuyo balance de costes y beneficios (según se cree/imagina) resulte “rentable” para el individuo en función de sus intereses y su capacidad para asumir las consecuencias, es decir, valor para enfrentarse a los riesgos que conlleva y voluntad para ejecutar y mantener la respuesta el tiempo necesario (capacidad de sacrificio y de esfuerzo).
5. La eficacia relativa del sistema de diseño de respuestas y toma de decisiones consciente va más allá de las puntuales ventajas obtenidas con cada éxito o acierto, ya que nos permite: a) adquirir cierta “sabiduría” relativa a nuestras circunstancias específicas y peculiaridades individuales, b) aprender de la mera observación de otros [38] y c) gracias a que las estrategias diseñadas en dicho formato son fácilmente comunicables, la vida en grupo nos permite acumular y beneficiarnos de un gran número de conocimientos “valiosos” (cultura, ciencia y religión).

Notas:
[1] Ley de Leibniz.
[2] En pleno siglo XXI podemos encontrar personas que reniegan del conocimiento científico porque no encaja con algunos postulados de su tradición religiosa. Y otras que han hecho de la ciencia su religión y de las teorías científicas verdades absolutas.
[3] Desde los inicios de la psicología hasta nuestros días podemos encontrarnos con planteamientos contradictorios, tanto teóricos como prácticos, respecto al papel de la consciencia (mentalismo, conductismo, psicoanálisis, humanismo, cognitivismo, racionalismo).
[4] Véase Searle (1992).
[5] Como propone, entre otros, Chalmers (1996).
[6] Véase Núñez (2012).
[7] Por otro lado, es posible que nunca seamos capaces de reconocer como válida la naturaleza física de la consciencia, ya que difícilmente podremos identificar los contenidos conscientes (qualia) con otra cosa que no sean ellos mismos. Es decir, estaríamos atrapados en una paradoja sin solución posible, precisamente, porque nuestro conocimiento directo es a través de los contenidos conscientes. Es lo que hemos denominado “dualismo por disparidad” (Núñez, 2012) pues al “externalizar/objetivar lo interno/subjetivo” inevitablemente lo convertimos en otro qualia y ya no podemos reconocerlo como lo mismo.
[8] Tal y como lo asume categóricamente Dennett (1991).
[9] El cual refiere a un “misterioso” sistema cerebral (casi humanoide en el fondo) al que se le atribuiría el control de nuestra actividad psíquica y que encarnaría nuestra auto consciencia.
[10] Esta deficiencia no sólo es relevante para el tema que nos ocupa. Sin un modelo mínimamente consensuado, los vertiginosos avances que cada día se producen en áreas súper especializadas y desconectadas entre sí, generan “mini modelos” ad hoc, lo que dificulta cada vez más cualquier debate futuro con un mínimo de coherencia sobre el funcionamiento de la mente.
[11] Cerebros más desarrollados suponen procesos inconscientes más complejos y, por tanto, mayor capacidad de computación consciente.
[12] En clara contradicción con aquellos modelos que presuponen que nuestra actividad psíquica es el resultado del conflicto entre sus distintos subsistemas (psicoanálisis o modelos “ecológicos”).
[13] Por lo que técnicamente la consciencia, según la hemos definido, no es quién posibilita dicha integración (Damasio, 2003) sino el resultado de la misma.
[14] Conviene señalar que, por tanto, la mera acumulación de actividad inconsciente no produce la consciencia, de igual manera que la mera acumulación de sonidos de distintos instrumentos no genera una sinfonía. En el caso de la mente, la “partitura” en torno a la que se organiza la actividad de los dispositivos inconscientes es la realidad.
[15] El acto de pensar en todas sus variantes: verbalmente, con imágenes u otros contenidos senso-emocionales.
[16] Es lo que hemos denominado metafóricamente “actividad al cuadrado” (Núñez, 2012).
[17] Obviamente no tiene sentido almacenar todas las combinaciones posibles, es mejor reproducirlas “ad hoc”.
[18] Existe cierto paralelismo entre la I. A. simbólica y nuestro conocimiento/actividad consciente y la I.A. de redes conexionistas y nuestro “conocimiento”/actividad inconsciente, que facilita comprender las diferencias asociadas a ambas formas de computación y conocimiento, así como las limitaciones de cada tipo de I.A. (Núñez, 2012).
[19] Véase Nuñez (2012).
[20] Por ejemplo, si se utilizan estímulos subliminales. Además, las instrucciones para realizar la tarea funcionan porque el sujeto entiende su significado, es decir, tiene experiencias conscientes asociadas al lenguaje utilizado, y no debido a la calidad física del mensaje.
[21] Precisamente para evitar explicarlo, Dennett (1991) considera que los contenidos de la consciencia son fruto del azar.
[22] Dennett (1991) lleva el mecanicismo de la mente hasta sus últimas consecuencias con total coherencia, lo que le obliga a hacer planteamientos demasiado extravagantes.
[23] Véase Pinker (1997).
[24] Libet (1985).
[25] Utilizar dichas señales neurológicas preparatorias para sorprender al sujeto anticipándonos a la ejecución de su decisión, como se hace en algunos de estos experimentos, sólo indica que hemos alterado los intervalos de tiempo a los que está acostumbrado el sujeto, no que la decisión no sea fruto de su actividad consciente.
[26] Al tratarse de un movimiento sencillo y muy automatizado, presumiblemente la interacción consciente-inconsciente estaría muy bien ensamblada-solapada.
[27] Baars (1988).
[28] Es lo que el propio Baars denomina la “paradoja del umbral”, es decir ¿por qué unos datos adoptan este formato y otros no?
[29] A veces se le atribuye a la consciencia la capacidad para inhibir las conductas aunque éstas se activen mecánicamente (Gazzaniga, 2011).
[30] Veáse Blackmore (2005).
[31] Gazzaniga (2011).
[32] Es lo que ocurre con las alucinaciones, donde el sujeto vive como real lo que no lo es.
[33] Véase Damasio (1999).
[34] Como alternativa a los modelos que postulan una estructura de “yo múltiple”.
[35] A diferencia de Damasio (2003) no consideramos que la principal función del “yo” sea la auto conservación, pues ésta es inherente a todo organismo vivo aunque no tenga consciencia. Otra cosa es que cuando se tiene consciencia de yo se vincule estrechamente a dicha función.
[36] La importancia de las emociones es central y su activación, incluida la de las emociones desagradables, no es la “cadena” que necesariamente debamos romper para ser libres (Damasio, 2003) y pretender lograrlo utilizando la imaginación según nos “convenga” no es fácil, precisamente, porque si pudiéramos alterar a capricho el poso que la realidad ha dejado en nosotros, nos alejaría peligrosamente de ésta, algo que parecen olvidar algunos planteamientos psicoterapéuticos recientes.
[37] El proceso puede reabrirse en cualquier momento, incluso cuando no hay marcha atrás.
[38] No existe el aprendizaje por observación inconsciente.


Referencias bibliográficas:
Baars, B.J. (1988). A cognitive theory of Consciousness. Cambridge: Cambridge University Press.
Blackmore, S (2005). Conversations on consciousness. New York: Oxford University Press.
Chalmers, D. (1996). The conscious mind: In search of a fundamental theory. New York: Oxford University Press.
Copeland, B.J. (1993). Artificial Inteligence. A Philosophical Introduction. Oxford UK and Cambridge, Mass.: Basil Blackwell.
Damasio, A. (1999). The feeling of what happens: Body and emotion in the making of consciousness. Fort Worth, TX US: Harcourt College Publishers.
Damasio, A. (2003). Looking for Spinoza: Joy, sorrow, and the feeling brain. New York: Harcourt.
Dennett, D. C. (1991). Consciousness explained. Boston: Little Brown.
Gazzaniga, Michael S. (2011). Who’s in Charge?: Free Will and the Science of the Brain. New York: Ecco.
Libet, B. (1985). Unconscious cerebral initiative and the role of conscious will in voluntary action. Behavioral and Brain Sciences, 8(4), 529-566.
Núñez, J.P. (2012). La mente: La última frontera. Madrid: Universidad Comillas.
Pinker, S. (1997). How the mind works. N.Y.:W.W. Norton & Company Inc.
Searle, J. R. (1992). The rediscovery of the mind. Cambridge, MA: MIT Press.
Artículo elaborado por Juan Pedro Núñez Partido. Departamento de Psicología. Universidad Pontificia Comillas

viernes, 10 de agosto de 2012

EL SUEÑO DE LA SEPARACION

El mundo, el universo, los cuerpos… solo existen en nuestras mentes, y “nuestras mentes” es una mente, aunque global e ilusoriamente fragmentada… una mente separada o dividida ilusoriamente que sueña la separación. Y parece que “lo importante” en lo relativo a lo mental es sentir qué te mueve en cuanto a tus “intereses”… es sentir la intención, el propósito… la música de la intención.  El mundo solamente se mantiene ahí por un propósito irreal en la mente colectivo-individual: separación. Este propósito lo podemos borrar de nuestra consciencia despertando del sueño de separación.


Pero solamente lo puede borrar cada uno por sí mismo… comprobando en “carne” propia (en mente propia) que este propósito es “irreal”… es falso… aceptando un cierto trabajo de “limpieza”, de “purificación”: el trabajo de no ver separación en ninguna percepción. ¿Cómo? Por ejemplo no percibiendo intereses, propósitos, intenciones separadas en los demás —o en lo demás— con respecto a nosotros —con respecto a nada.

Está claro que no podremos compartir los intereses de todo el mundo, pero sí podremos no percibir intereses separados en nadie. No hablamos por tanto de hacer cualquier cosa con quien sea, sino de no percibir separación, de no creernos-vernos-percibirnos separados de nada ni de nadie por mucho que los intereses diverjan.

¿Por qué hacer eso tan aparentemente “sumiso” con todo y con todos?

Porque en realidad, tal y como podréis comprobar si lo practicáis… todos aquí tenemos un único interés, propósito o intención real: despertar del sueño. Y por ello da igual lo que se haga, pues aquí no está en realidad ocurriendo nada: todo desaparecerá (tal y como lo han hecho quizá cientos de civilizaciones tecnológicamente avanzadas sobre la Tierra)… todo desaparecerá excepto los instantes de verdadero compartir, de verdadera comunicación… en los que permitimos que lo natural ocurra… es decir, que la Fuente se refleje… que el amor perfecto se refleje… sanando la mente… desvaneciendo la pesadilla de la separación… cuando soltamos entre otras esta presa: el apego a tener razón.

Es el trabajo, entonces, de dejar que nuestra percepción se haga más natural, que nuestra “percepción” o “mentalidad”, al recordar su naturaleza fuera de este sueño, se sane colapsando el tiempo. Es el trabajo de dejar que nuestra percepción pase de ser “errada”… a ser mentalidad o percepción “recta”, correcta, corregida, sanada.

La corrección irá progresiva y naturalmente reflejando cada vez más coherentemente el Cielo de nuestra verdadera realidad en este infierno… en el infierno que es esta tierra… una tierra que es solo la creencia en la separación o ataque contra nuestra Fuente… una separación que quiso ser “eterna”, un ataque que quiso ser una causa real y eterna pero que es sencillamente falsa, un sueño de separación. Tal ataque o separación se da en “eternos” ciclos de retorno de la nada de la separación… en crueles ciclos de nacimiento y destrucción… en el matadero llamado rimbombantemente “universo”.

Así, el mundo solo —parece que— existe —existe solamente en apariencia— debido a un solo propósito en la mente global-colectiva que lo soñó, en nosotros… en esa mente que somos todos por igual y que fabrica este universo de la separación. Y dicho propósito es el de demostrar que la separación con respecto a nuestra verdadera Fuente es real.

Pero esta Fuente, Dios, no es el universo… no fabricó el universo… no tiene nada que ver con él… y la separación nunca ocurrió. Toda esta carnicería salvaje es solo nuestro sueño.

Entonces, el perdón de toda percepción es la aceptación de esa “Expiación” en nuestra mente, en cada uno —”Expiación”, así lo llama UCDM (digamos que para “perdonar” y transmutar todo el vocabulario “bíblico” —tan caótica o fatídicamente usado).

Esta es una “Expiación” que reconoce que ni siquiera la culpa o el “pecado” existen… ya que son meros errores… ya que son nuestro propio invento… y simplemente dependen de una causa inexistente: la separación (inexistente pues no es posible separarse realmente —solo en sueños de muerte y destrucción—… no es posible separarnos de nuestra Fuente… pues Ésta es lo único que es real, y también está, por así decirlo, en nuestro interior… en el interior de una mente que de entrada vino a soñar una pesadilla, que vino “con el ego intacto”).

El propósito de la separación, junto con todo el sistema de pensamiento que lo articula… insistamos… está dentro de nuestras mentes… así como también lo está el sistema de pensamiento que lo corrige articulando el propósito (de “unión”) que nos devuelve a nuestro hogar —y de ahí que tengamos ese miedo a mirar adentro, ese miedo hoy tan digamos “culturalmente instituido”.

Si queremos mantener la separación, somos libres de hacerlo (y esta libertad de elegir es algo ”sagrado”, aunque por atender a un propósito “falso” sea “falsa”)… somos libres de seguir eligiendo separación a nivel de nuestra mente, y de hecho es lo que hacemos por defecto, por mucho que a veces pensemos lo contrario.

Esta elección por la separación se refleja en nuestra inconsciente y constante aceptación del sistema de pensamiento del ego, materializado en los cuerpos y las acciones que todos enloquecidamente acometemos por inercia… y que debemos empezar a aprender de entrada a no juzgar… para siquiera poder empezar a cambiar un sistema de pensamiento por otro, pues de eso se trata: cambiar el sistema de pensamiento del ego —sistema que vinimos al teatro del mundo a representar…—, por el sistema de pensamiento del llamado ‘Espíritu Santo’ (un E.S. que es el canal de regreso a la Fuente, el canal de recuerdo de lo único natural o lo único realmente vivo, Dios).

Pero el problema está justo ahí… en aquello que acabamos de decir: «si queremos» («si queremos mantener la separación»)… pues no somos conscientes de qué es lo que queremos… no somos conscientes de que estamos eligiendo entre dos alternativas muy globales… ya que normalmente no sabemos nada sobre tales alternativas.

No sabemos que solo hay dos alternativas a “elegir” (a parecer que elegimos)… y no sabríamos que una no tiene nada que ver con este universo de la separación. La alternativa verdadera es la única que nos lleva a la realidad, a la única realidad, en nuestro interior.

UCDM nos propone por tanto un esquema muy simple, pero aparentemente muy difícil de aceptar y de practicar, pues se requiere la completa inversión y sustitución de un sistema de pensamiento (el del ego, el cual articula la simple creencia en la separación). Pero de este sistema ni siquiera queremos saber que es algo que tenemos insertado muy profundamente en esos cimientos mentales (de los que tampoco queremos oír ni hablar) en los que basamos nuestra pretendida existencia separada —así como la del universo, al mismo tiempo (existencia “separada” de “los demás”, y “lo demás”… reflejando así la separación —imposible— con respecto a la Fuente).

El mundo no existe, solo lo parece… es una especie de broma de mal gusto… que solo con cierto compromiso interior con un sentido renovado del perdón —un compromiso aquí y ahora— iremos permitiendo que se dé su desvanecimiento natural… la desaparición del infierno-universo… transmutándolo en una broma “final” de “buen gusto”.

Pero… este resultado no lo podemos controlar, como nunca hemos podido realmente controlar nada por nuestra cuenta… y, además, es un resultado que aparentemente, en el ilusorio tiempo lineal, nos queda muy muy lejos en el tiempo.

Así que no podemos centrarnos en los resultados, pues el mundo no existe; en último término ocurre que es imposible “creer”, en muy último término es imposible en realidad percibir “resultados”, cambio… verdaderas “opciones”… pues somos certeza.

http://qadistu.wordpress.com

domingo, 1 de julio de 2012

EL EXPERIMENTO DE LA INTENCION

Extracto de “ El experimento de la intención “ de Lynne Mc Taggart.

El pensamiento afecta a la realidad física. Una gran cantidad de inves­tigaciones sobre la naturaleza de la conciencia, realizadas durante más de treinta años en prestigiosas instituciones científicas de todo el mundo, muestra que los pensamientos son capaces de afectar a todo tipo de cosas, desde las máquinas más simples hasta los organismos vivos más complejos.Estos resultados sugieren que los pensamientos humanos y las intenciones son una «sustancia» física que tiene el asom­broso poder de cambiar nuestro mundo. Cada pensamiento que tene­mos es una energía tangible con poder para transformar las cosas. Un pensamiento no es sólo una cosa; un pensamiento es una cosa que ejer­ce influencia sobre otras.

El experimento de la intención




Cómo energizarse
Para «energizarte» y lograr un estado de máxima intensidad, pri­mero debes ralenuzar tus ondas cerebrales hasta un estado «alfa» de meditación poco profunda o de ensoñación —cuando el cerebro emite frecuencias (medidas por un EEG) de 8-13 hercios (ciclos por segundo).
Siéntate y adopta una posición cómoda. A muchos les gusta sen­tarse erguidos en una silla de respaldo duro, con las manos sobre las rodillas. También puedes hacerlo en el suelo con las piernas cruzadas. Comienza respirando lenta y rítmicamente, inspirando por la nariz y espirando por la boca, de modo que ambos ciclos tengan la misma duración. Relaja la barriga y luego contráela lentamente como si qui­sieras que tocara la espalda. Esto hará que respires con el diafragma.
Repite esto cada quince segundos, pero asegúrate de no estar esfor­zándote demasiado. Sigue durante tres minutos y mantente concentrado en el ejercicio. Aumenta la duración hasta cinco o diez minutos. Co­mienza a centrar tu atención únicamente en la respiración. Pracdca esto de manera repedda, ya que constituirá la base de tu práctica meditativa.
Para acceder a un estado alfa, el factor más importante, como sabe cualquier budista, es el de acallar la mente, aunque a menudo resulta prácticamente imposible no pensar en nada.
Después de que hayas accedido a este estado por medio de la con­centración en la respiración o en algún otro objeto, la mayoría de las escuelas de meditación recomienda utilizar algún tipo de «ancla» que te permita acallar el parloteo de la mente y estar más abierto a la in­formación intuitiva. Las anclas más habituales consisten en concen­trarse en:
— El cuerpo y sus funciones, o la respiración.
— Tus pensamientos, pero como si fuesen nubes flotando por el cielo, de modo que no sean «tú».
— Un mantra, como usan los practicantes de la meditación tras­cendental, generalmente una palabra, como om («El Campo» en el Budismo), ah (la verdad universal) o hum (la manifestación física de la verdad; el universo mismo); a inicios de la década de los setenta, muchos practicantes de la TM recibieron el mantra ah-om.
— Números; contar en silencio sea hacia atrás o hacia delante.
— Música -generalmente algo repetitivo, como Bach o un cánti­co—.
— Un único tono, como el producido por el didgeridoo de los aborígenes australianos.
— Un tambor o una matraca, cuyos sonidos repetitivos han sido usados por muchas culturas tradicionales para apaciguar la mente.
— La oración; el rosario por ejemplo, ya que los sonidos repetiti­vos ayudan a acallar la mente.
Practica hasta que puedas concentrarte cómodamente en tu «ancla» durante veinte minutos o más.

Máxima intensidad
Para energizarse es necesario desarrollar la capacidad de prestar atención con máxima intensidad en cada momento. Una de las mejo­res maneras de desarrollar esta capacidad consiste en practicar el anti­guo arte de la conciencia plena, propugnado ya desde el año 500 antes de Cristo por Shakyamuni Buda, fundador del Budismo. Es una dis­ciplina en la que mantienes una clara conciencia de lo que está suce­diendo en cada momento, tanto externa como internamente, en lugar de colorear tu interpretación con tus emociones o dejarte llevar por los pensamientos.
La conciencia plena es más que una simple concentración, y requiere que vigiles aquello en lo que te estás concentrando y manten­gas esta concentración en el presente. Con la práctica, serás capaz de silenciar el parloteo constante de tu mente y concentrarte en tu expe­riencia sensorial, por muy banal que sea—comer algo, abrazar a tu hijo, sentir dolor o simplemente sacar una hilacha de tu jersey—. Es como ser un padre benévolo con tu mente -eligiendo aquello en lo que ha de concentrarse y luego trayéndola de vuelta cuando pierde el rumbo.
Con el tiempo, la meditación de la conciencia plena agudizará tu percepción visual y evitará que te insensibilices ante las experiencias de la vida cotidiana. Una de las dificultades de incorporar la conciencia plena a las actividades del día a día es que ésta generalmente se enseña en retiros espirituales, donde los participantes se pueden dar el lujo de meditar durante muchas horas al día y practicar la conciencia plena realizando actividades como a «cámara lenta». Sin embargo, hay mane­ras de adaptar muchas prácticas tradicionales para que las puedas usar en tu meditación de la intención.
Una vez hayas accedido al estado «alfa», observa con precisión todo aquello que se manifieste en tu mente y en tu cuerpo. Presta aten­ción a lo que es en lugar de a lo que te dicen tus emociones, lo que tu gustaría que sucediera o únicamente aquello que es más agradable. No reprimas o deseches los pensamientos negativos si son auténticos. Una buena forma de anclar tu mente en el presente consiste en «volver a tu cuerpo», y sentir tu postura corporal.
Es vital que sepas distinguir la conciencia plena de la simple con­centración. La diferencia más importante es una falta de juicio o de punto de referencia acerca de la experiencia. Prestas atención a cada momento presente sin colorearlo con tus preferencias o aversiones, y sin siquiera identificar la experiencia como algo que te está sucedien­do a ti. En resumen, no hay ni «mejor» ni «peor».
— Toma conciencia de todos los olores, colores, texturas y sensa­ciones que estés experimentando. ¿A qué huele la habitación? ¿Qué sabor tienes en la boca? ¿Qué sensaciones te produce tu asiento?
— Presta atención a lo que esté sucediendo tanto interna como externamente. Cada vez que adviertas que estás juzgando lo que ves, dite a ti mismo «estoy pensando», y vuelve a la posición de observador.
— Cultiva el arte de escuchar simplemente todos los sonidos de tu habitación: el ruido de una tubería, el sonido de una bocina, el ladrido de un perro, un avión… Acéptalos todos—el ruido, el caos o el silencio— sin emitir ningún juicio.
— Percibe otras sensaciones: el «color» del día, la luz en la habita­ción, cualquier movimiento que se produzca frente a ti, la sen­sación del silencio…
— No intentes lograr nada. Elimina tus expectativas y tu lucha por alcanzar ciertos resultados.
— Acepta sin juzgar todo lo que suceda. Esto implica dejar de lado todas las opiniones e interpretaciones sobre lo que está ocu­rriendo. Detecta cada vez que te aferres a ciertas opiniones, ideas o pensamientos, y rechaces otros. Acepta tus propios pensa­mientos y experiencias, incluso los desagradables.
— Intenta no apresurarte nunca. Si tienes que hacerlo, que sea con plena conciencia. Siente conscientemente esa prisa.

Desarrollar la conciencia plena en tu vida cotidiana
La evidencia sugiere que si desarrollas la conciencia plena en tu vida cotidiana estarás moldeando tu cerebro para que sea más eficaz en el uso de la intención. El psicólogo Charles Tart, uno de los mayores expertos del mundo en los estados alterados de conciencia, tiene varias sugerencias al respecto:
— Haz pausas periódicas a lo largo del día para que dispongas de un tiempo en el que puedas tomar conciencia de lo que está sucediendo tanto interna como externamente.
— Cada vez que sientas que estás perdiendo la concentración en tus actividades del día a día, presta atención a tu respiración; te ayudará a centrarte.
— Presta atención a las actividades más banales, como lavarte los dientes o afeitarte.
— Comienza con un pequeño ejercicio, como por ejemplo dar una caminata, en el que te mantengas totalmente concentrado en aquello que estás haciendo.
— Usa etiquetas mentales para las actividades que estés realizando. Por ejemplo, «estoy poniéndome el abrigo», «estoy abriendo la puerta», «estoy atándome los zapatos»…
— Usa la conciencia plena en cada situación de la vida diaria. Cuando estés preparando la comida o incluso lavándote los dientes, presta atención a todos los olores, texturas, colores y sensaciones que experimentes.
— Aprende a mirar realmente a tu pareja y a tus hijos, a tus mas­cotas, amigos y colegas de trabajo. Obsérvalos detalladamente durante cada actividad —cada aspecto de su ser, pero sin juzgarlos-.
— Durante alguna actividad, como el desayuno, pide a tus hijos que presten atención a cada detalle. Concéntrate en el sabor de tu comida. Observa los colores y la textura. ¿Es crujiente el cereal?
¿Qué sensaciones te produce el zumo al bajar por tu garganta? Toma conciencia de los olores v sonidos a tu alrededor. Mientras estás observando todo esto, ¿qué sienten las distintas partes de tu cuerpo?
— Atiende a los miles de sonidos que te rodean cada día. Cuando alguien te esté hablando, escucha el sonido de su voz además de las palabras. No pienses en una respuesta hasta que haya dejado de hablar.
— Practica la conciencia plena en todas tus actividades: caminan­do por la calle, conduciendo al volver a casa, en el jardín…
— Si estás practicando estos ejercicios y resulta que te encuentras a alguien, no inicies una conversación. Simplemente saluda a la persona, y sigue en el momento presente.
— Usa la conciencia plena cuando estés extremadamente ocupado o bajo mucha presión. Obsérvate a ti mismo en una situación así. ¿Cómo afecta a tu equilibrio? ¿Puedes permanecer centrado en tu cuerpo cuando estás trabajando duro?
— Practica la conciencia plena mientras te halles en una fila. Expe­rimenta la sensación de estar a la espera, en lugar de centrarte en aquello que estás esperando. Toma conciencia de tus movi­mientos físicos y de tus pensamientos.
— No pienses en tus problemas ni intentes resolverlos. Ocúpate únicamente del problema que tengas entre manos.



La unión con el «otro»
Las investigaciones muestran que el tacto, la concentración en el corazón de la otra persona o los sentimientos compasivos hacia ella son una poderosa forma de conseguir que las ondas cerebrales de la gente entren en sincronía. Cuando dos personas se tocan y cada una se concen­tra con afecto en el corazón de la otra, los ritmos «coherentes» del corazón de una de ellas pueden entrar en sincronía con el cerebro de la otra.
Antes de que envíes tu intención, puede ser importante que esta­blezcas una conexión empática con el destinatario de tu intención.
Establece una conexión de antemano usando las técnicas siguientes:
No desperdicies el amor y el dolor que produce; cuando sientas la compasión brotando de tu interior, no la ignores, no intentes repri­mirla y regresar rápidamente a tu estado «normal», no tengas miedo a ese sentimiento ni te sientas avergonzado por tenerlo. No intentes dis­traerte con otra cosa. Sé vulnerable. Usa ese momentáneo brote de compasión; concéntrate en él, medita sobre él, desarróllalo y profun­diza en él. Al hacer esto, te darás cuenta de lo ciego que has estado ante el sufrimiento…
Durante tu intención, si vas a enviar curación a alguien, pri­mero trata de ponerte en su lugar. Imagina cómo debe de ser su vida y lo difícil que tiene que ser enfrentarse a una crisis así. Intenta sentir empatia por el sufrimiento de tu destinatario. Imagina cómo te sentirías si tuvieses que pasar por todos esos sufrimientos y de qué manera te gustaría ser curado. -Ahora, dirige tus pensamientos curativos hacia el destinatario de tu intención. Si la persona está presente, tómala de la mano.

Formulando tu intención
Cuando te halles en tu estado meditativo, formula claramente tu intención. Aunque mucha gente usa la expresión «siempre he tenido…» («siempre he tenido buena salud»), yo prefiero usar el tiempo presente y enviar la intención a su destinatario como un deseo queja se ha cum­plido. Por ejemplo, si estás tratando de curar un dolor de espalda, pue­des decir: «Mi zona lumbar está libre de dolor y me puedo mover con facilidad y fluidez». Recuerda que debes formular tu intención como una afirmación positiva; en lugar de indicar: «No tendré efectos secun­darios», di: «Estaré libre de efectos secundarios».
Sé específico
Las intenciones específicas son las que parecen funcionar mejor. Asegúrate de que tus intenciones sean específicas y directas —y cuanto más detalladas mejor—. Si estás intentando curar el dedo anular de la mano izquierda de tu hijo, especifica que se trata de ese dedo, y, si es posible, cuál es el problema que tiene.
Estipula la totalidad de tu intención. Incluye aquello que te gus­taría cambiar, en quién, cuándo y dónde. Usa la lista siguiente como recordatorio de que has cubierto todos los factores: quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo. Puede resultarte údl hacer un dibujo de tu intención, o crear un collage con fotografías. Colócalo en un lugar donde puedas mirarlo a menudo.

El ensayo mental
Al igual que hacen los deportistas de élite, la mejor forma de enviar una intención consiste en visualizar el resultado que desees con la totalidad de tus cinco sentidos en tiempo real. La visualización usa imágenes o mensajes internos para conseguir un objetivo determinado. Se puede usar para cualquier objetivo deseado —para cambiar o mejo­rar tu situación en la vida, trabajo, relaciones, condición física o esta­do de salud, visión de las cosas o incluso un aspecto específico de ti mismo, incluida tu personalidad— También para enviar intenciones a otras personas. La visualización es como la autohipnosis.
Ten en mente con mucha antelación una imagen mental del resul­tado de tu intención. Mucha gente cree que para realizar una visuali­zación es necesario «ver» claramente la imagen exacta en la mente. Pero para enviar una intención no hace falta tener una imagen interna níti­da; de hecho, no es preciso tener ninguna imagen en absoluto. Basta con pensar en la intención, sin una imagen mental, y simplemente crear una impresión, un sentimiento o un pensamiento. Algunos de nosotros pensamos con imágenes, otros con palabras, otros con soni­dos, con tacto o con la relación espacial entre los objetos. Tu ensayo mental dependerá de los sentidos que tengas más desarrollados.
Para nuestro ejemplo del dolor de espalda, suponte libre de dolor y haciendo algún tipo de ejercicio o de movimiento que te guste. Imagínate a ti mismo caminando, ágil y libre de dolor. Recuerda, expe­rimenta la sensación de estar libre de dolor y lleno de energía. Imagina las sensaciones internas y externas de tu flexible espalda. Piensa que puedes correr con total libertad. Elige sensaciones que confirmen la curación de tu espalda. Si estás enviando tu intención para curar a otro, realiza los mismos pasos, pero imagínate a ti mismo en el inte­rior de la espalda de la otra persona. Envía tu intención a su espalda.

Practica la visualización
Puedes practicar la visualización accediendo primero a un estado meditativo e imaginando lo siguiente (mientras intentas recordar lo máxi­mo posible de lo que viste y oliste, así como los sentimientos asociados):
— Una comida reciente que te haya encantado (¿puedes recordar algunos de los olores y sabores que más te gustaron?).
— Tu habitación. Recórrela mentalmente, recordando ciertos deta­lles -el tacto de la colcha, las cortinas o la alfombra— No hace falta que veas toda la habitación; céntrate en un detalle o en una impresión.
— Un momento reciente de felicidad (con un ser querido o con un niño). Recuerda las sensaciones e imágenes más vividas.
— A ti mismo corriendo, nadando, montando en bicicleta o haciendo ejercicio en un gimnasio. Intenta experimentar cómo se siente tu cuerpo al realizar todos estos movimientos.
— Tu música favorita (intenta «escuchan» la música internamente).
Una experiencia reciente que te haya producido una intensa sensación física (como zambullirse en una piscina o en el mar, un baño de vapor, la
— sensación de la lluvia o de la nieve, o hacer el amor). Trata de revivir todas estas sensaciones físicas.
Para visualizar tu intención, primero formúlala cuidadosamente con antelación:
-Ahora, crea una imagen en tu mente del resultado deseado. Imagínala como si ya fuese una realidad, y a ti mismo en esa situación.
— Intenta imaginar tantos detalles sensoriales de la situación como puedas (la apariencia, el olor, las sensaciones…).
— Piensa en ella de forma posidva, opdmista y esperanzadora; usa palabras que confirmen que ya ha sucedido o está sucediendo (y no que vaya a suceder en el futuro). Por ejemplo, para alguien con un problema cardíaco: «Mi corazón está sano y bien».
— Para la curación, intenta imaginar que te estás llenando de energía curativa (tal vez en forma de luz blanca o como una manifestación de tu divinidad personal) y que esta energía cura la parte de tu cuerpo que está enferma, convirtiendo un órgano enfermo en un órgano sano. Si te fascina el conflicto entre el bien y el mal, imagina las células «buenas» luchando y derro­tando a las células «malas». También puedes visualizar cómo el tejido enfermo se convierte en tejido sano, o cómo las células enfermas son sustituidas por células sanas; o imagina todo tu cuerpo, y que esa parte enferma esté totalmente sana. Imagínate a ti mismo con una salud perfecta, realizando las actividades del día a día. Busca en un libro o en Internet una imagen de ese órgano en un estado perfectamente sano. Imagina que tu órga­no enfermo tiene exactamente el mismo aspecto.
— Si sientes dolor, piensa en las terminaciones nerviosas de todo tu cuerpo y «ve» cómo la energía curativa emitida con cada res­piración fluye por tus músculos y células sanguíneas, a través de las arterias hasta tus nervios, aliviando todos tus dolores.
— Envía a menudo tu visualización, tanto durante la meditación como a lo largo del día.

Las creencias
Las numerosas evidencias sobre el efecto placebo demuestran el extraordinario poder de las creencias. La creencia en el poder de la in­tención también es vital. Mantén fijo en tu mente el resultado deseado
y no te permitas pensar en el fracaso. Desecha todos los pensamientos del tipo conmigo-no-va-a-pasar. Si estás intentando afectar a alguien que no cree en el poder de la intención, coméntale algunas de las evi­dencias científicas presentadas en este libro y en otros. Es importante que ambos compartáis las mismas creencias. Herbert Benson piensa que sus monjes tuvieron éxito en sus experimentos porque usaban palabras y frases que incorporaban sus creencias más profundas.


Quítate de en medio
En los estudios sobre la meditación, la mediumnidad y la cura­ción, las personas que tienen éxito con la intención se imaginan a sí mismas y al destinatario de la curación como si fuesen uno con el uni­verso. En tu estado meditativo, entra en un espacio en el que relajes tu identidad separada y sientas una unión con el destinatario de tu inten­ción y con El Campo. Formula tu intención con claridad, y luego desentiéndete del resultado. En este punto, es posible que sientas que una fuerza superior toma posesión de tu intención. Termina tu medi­tación con una petición y luego quita tu ego de en medio. Recuerda: este «poder» no tiene su origen en ti -tú eres su vehículo—. Considé­ralo como una petición que estás haciendo al universo.


El momento adecuado
La evidencia científica sugiere que la intención que pretenda dominar la materia (es decir, la psicoquinesis) funciona mejor en los momentos de mayor actividad geomagnética. Puedes averiguar cuáles son los niveles geomagnéticos en tu localidad consultando varios sitios web. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA, en sus siglas en inglés) creó un Centro del Entorno Espacial (SEC, según sus siglas en inglés), la fuente oficial de información sobre el clima espacial (www.sec.noaa.gov). El SEC, a su vez, creó una sucursal para las Operaciones del Clima Espacial (SWO, según sus siglas en inglés) para que actúe como centro de alerta de las perturbaciones en el espacio. Operado conjuntamente por la NOAA y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, este centro de alerta proporcio­na información y pronósticos sobre la actividad geomagnética y solar.
SWO recibe en tiempo real los datos provenientes de numerosos observatorios terrestres y satélites de todo el mundo. Estos datos le per­miten predecir la actividad solar y geomagnética, y dar la alerta cuan­do se producen fuertes tormentas. Para conocer el pronóstico corres­pondiente al día en que vayas a realizar tu intención, consulta http://sec.noaa.gov/today2.html.
El SEC ha creado Escalas de Clima Espacial para ofrecer al públi­co no especializado una idea de la severidad de las tormentas geomagnéticas, de las tormentas de radiación solar y de los apagones radiofónicos, así como de su efecto sobre nuestros sistemas tecnológi­cos (www. sec.noaa.gov/NOAAscales). Los números adjuntos (como «G5») indican el nivel de severidad (1 es el mínimo, y 5 el máximo).
El Observatorio Solar y Heliosférico (SOHO, según sus siglas en inglés) fue creado http://sohowww.nascom.nasa.gov/spaceweather/. Este sitio web contiene útiles gráficos de la actividad geomagnética, vientos solares, y flujos de protones de alta energía y rayos X.
http://sohowww.nascom.nasa.gov/spaceweather/. Este sitio web contiene útiles gráficos de la actividad geomagnética, vientos solares, y flujos de protones de alta energía y rayos X.
Para medir la actividad geomagnética se usa el índice K, con O indicando el valor mínimo y 9 el máximo. El índice a es similar, pero emplea una escala más amplia —de O a 400—.
Cuando envíes una intenciónintenta hacerlo en un día en que el índice K sea 5 o mayor (o el índice a superior a 200).
También puede ser una buena idea enviar la intención alrededor de la una de la tarde hora sideral local (consulta en Internet cómo calcular la hora sideral local). Envía intención sólo en los días en que te sientas bien y feliz.



sábado, 18 de febrero de 2012

Pelicula acerca de La evolución del salto cuántico que estamos dando.


 El siguiente eslabon evolutivo.





Aunque la expresión «salto cuántico» se ha extendido al lenguaje cotidiano, en realidad tiene un significado específico. Cuando hablamos de los átomos, sabemos que tienen un núcleo con protones y neutrones, y que los electrones giran alrededor de aquél en órbitas fijas ubicadas a distancias distintas. Los electrones permanecen en una órbita, pero a veces cambian a otra. Si absorbe energía, un electrón puede saltar a una órbita superior; si libera energía, puede caer a una órbita inferior. Y esto es lo importante: cuando un electrón cambia de una órbita a otra, no se mueve a través del espacio que las separa; en un momento está en la órbita A y al siguiente está en la B, sin haber recorrido el espacio entre las dos. A esto se le llama SALTO CUÁNTICO.

En un sentido más amplio, un salto cuántico es un cambio de estatus —de un conjunto de circunstancias a otro— que ocurre de manera inmediata, sin sucesos intermedios.  Los científicos no pueden predecir cuándo ni dónde ocurrirá un salto cuántico. Pueden crear modelos matemáticos que les permiten calcularlo aproximadamente, pero no predecirlo del todo. En el nivel subatómico, esa imprevisibilidad parece no tener consecuencias. Si un electrón salta de una órbita a otra, ¿en qué nos afecta? Si piensas en todos los átomos del mundo y sumas los efectos de su imprevisibilidad, el resultado es, literalmente, el caos.
Los científicos reconocen la imprevisibilidad de la naturaleza y han tratado de encontrarle un sentido. Hasta los sucesos aparentemente más simples están gobernados por esta imprevisibilidad.

¿Cuándo y dónde aparecen las burbujas en una «acerola de agua hirviendo? ¿Qué patrones formará el humo de un cigarrillo encendido? ¿Cómo se relaciona la posición de las moléculas de agua que están en lo alto de una cascada con la que tendrán a la caída?  La nueva ciencia del caos trata de predecir lo impredecible a través de intrincados modelos matemáticos. El ejemplo clásico es que una mariposa bate las alas en Texas y seis días después hay un tornado en Tokio. La conexión tal vez no sea evidente, pero existe. Ese pequeño cambio provocado por la mariposa en la presión del aire puede multiplicarse, magnificarse y producir un tornado, pero es imposible saberlo con precisión.

En el nivel espiritual, esto significa que jamás podremos saber a ciencia cierta qué rumbo
tomará la vida, qué cambios pueden provocar en nuestro destino esos pequeños batimientos de intención y acción. Asimismo, nos dice que nunca podremos conocer plenamente la mente de Dios. Jamás comprenderemos cabalmente el cómo, el dónde ni el cuándo de nada. Debemos rendirnos a la incertidumbre y apreciar su belleza.

Toda creatividad se basa en saltos cuánticos e incertidumbre. Las ideas verdaderamente novedosas surgen del sustrato colectivo de información en momentos especiales. Estas ideas no se originan en el afortunado individuo, sino en la conciencia colectiva. Por eso es frecuente que dos o más personas realicen descubrimientos científicos significativos al mismo tiempo. Las ideas circulan en el inconsciente colectivo y las mentes preparadas están listas para traducir esa información. Ésta es la naturaleza del genio; ser capaz de comprender lo conocible aun cuando nadie más reconozca que está ahí.

En un momento, la innovación o la idea creativa no existe y al siguiente es parte de nuestro mundo consciente. Mientras tanto, ¿en dónde estuvo? En el ámbito virtual, en el nivel del espíritu universal donde todo es potencial. En ocasiones, este potencial genera algo previsible; otras, algo nuevo, pero en este reino ya existen todas las posibilidades. En última instancia, cuando morimos el alma da un salto cuántico en la creatividad.  En efecto, el alma dice: «Ahora debo expresarme a través de un nuevo organismo o encarnación». Así pues, la intención proviene del alma universal, se localiza en un. alma individual y finalmente se expresa a través de una mente individual, circunscrita.

A partir de las experiencias pasadas creamos los recuerdos, que son la base de la
imaginación y el deseo, y como hemos visto, el deseo es la base de la acción. El ciclo se perpetúa a sí mismo. Cuando la intención se repite, crea un hábito. Mientras más se repita la intención, más
probable es que la conciencia universal dé lugar al mismo patrón y manifieste la intención en el mundo físico. Si recuerdas el apartado sobre física, una onda-partícula que está dentro de una caja no observada es, simultáneamente, una onda y una partícula, y adopta una forma definitiva sólo hasta que es observada; comprenderás que en el momento de la observación, la probabilidad se transmuta en forma definida. Esta es la misma idea, sólo que cuando la intención se repite, es más probable que el patrón de la mente no circunscrita se transmute siguiendo tu intención, y se manifieste como una realidad física. Esto crea la ilusión de lo fácil y lo difícil, de lo posible y lo imposible. Por ello, si realmente quieres trascender lo mundano debes aprender a pensar y a soñar lo imposible. Sólo con los pensamientos repetidos lo imposible puede hacerse posible, por medio de la intención de la mente no circunscrita.

La mente no circunscrita que está en ti es la misma que está en mí, o para el caso, en un rinoceronte, una jirafa, un ave o un gusano. Esta mente no circunscrita, esta conciencia pura, es lo que nos da el sentido del «yo»,el «yo» que dice quién eres o quién crees que eres.  Esta conciencia universal  es el único «yo» que existe. Pero ese «yo» único y universal experimenta un proceso de diferenciación; se transforma en un número casi infinito de observadores y observados, espectadores y escenarios, formas orgánicas e inorgánicas, todos los seres y objetos que conforman el mundo físico.

Este hábito de la conciencia universal de diferenciarse en conciencias particulares es anterior a la interpretación. Como seres humanos estamos acostumbrados a pensar en nuestro ser individual como «yo», sin notar o apreciar el «yo» más grande y universal al que llamamos alma universal. La palabra «yo» es simplemente un ingenioso punto de referencia que utilizamos para localizar nuestro punto de vista único en el alma universal.

Sin embargo, cuando nos definimos sólo como un «yo» individual, perdemos la capacidad de imaginar más allá de los límites de lo que tradicionalmente se considera como posible. No es que en el «yo» universal todo sea posible; es que ya existe, y lo único que necesita para transformarse en una realidad en el mundo físico es la INTENCIÓN.

La diferencia entre la mente circunscrita y la no circunscrita es la que hay entre lo ordinario y lo extraordinario. La mente circunscrita es personal e individual para cada uno de nosotros. Es la que sostiene nuestro ego, el «yo» autodefinido que va por el mundo y que está esclavizado a los hábitos condicionados. Por su misma naturaleza, la mente circunscrita nos separa del resto de la creación.
Establece divisiones sólidas que nos sentimos obligados a defender, aun cuando esto implique aislarnos de significados más profundos y conexiones dichosas que resultan de sentirnos parte de lo universal.

La mente circunscrita es lenta, agotadora y racional, y carece de imaginación o creatividad. Requiere atención y aprobación constantes, por lo que tiende a sentir temor, desazón y dolor. Por su parte, la mente no circunscrita es alma o espíritu puro, es la conciencia universal. Actúa más allá de los límites del espacio y él tiempo, y es la gran fuerza organizadora y unificadora del Universo, de alcance y duración infinita. Por naturaleza, el alma no circunscrita se vincula con todas las cosas porque es todas las cosas. No requiere atención, energía ni aprobación; es completa en sí misma, por lo que atrae el amor y la aceptación. Es inminentemente creativa, la fuente de la que fluye toda la creación. Nos permite imaginar más allá de los límites de lo que la mente circunscrita considera posible, pensar sin restricciones y creer en milagros.

Los saltos creativos dados por la mente no circunscrita, han sido confirmados por la ciencia.  Los huecos en los registros de fósiles sugieren saltos creativos de imaginación por parte de la naturaleza, hipótesis conocida como equilibrio discontinuo. Por ejemplo, existen antiguos fósiles de anfibios y aves, pero no de criaturas que los vinculen entre sí. Esto sugiere un salto cuántico de imaginación; los anfibios quisieron aprender a volar y las aves fueron resultado de esa intención. Los científicos creen que los humanos evolucionaron de los primates, pero no hay registro de fósiles de la fase intermedia, el eslabón perdido. Primero había sólo primates y de repente aparecieron los humanos. ¿Qué hubo en medio? Nada.

Estos constantes saltos de imaginación dan lugar a lo que nosotros vemos como el Universo.
El camino a seguir ahora, el próximo paso, es ir aprendiendo a dar “un salto cuántico” desde la mente racional en la que nos manejamos habitualmente hacia la mente universal en donde podemos hacer que se cumplan nuestros “milagros”.

Fuentes:  Frigyes Fogel    2012 Ascensión