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jueves, 14 de marzo de 2013

Paralelismo de las Historias religiosas de Hebreos y Aztecas

Existe un escritor español nacido en Galicia en 1923 que a sus 30 años se ordenó sacerdote católico, para años después ser repudiado por su orden jesuita y convertirse en ex-sacerdote, y junto a los conocimientos de diversas materias que había colectado consagrarse al estudio de los fenómenos paranormales y ovnilógicos, muestra de lo cual son sus diferentes libros. Del libro de Salvador Freixedo, que así se llama el autor, “¡Defendámonos de los Dioses!”, publicado en 1984, hemos escogido estos párrafos que aluden a un paralelismo notado desde hace tiempo por más de un estudioso de la historia de las tribus aztecas en Méjico, y que es lo análogo de su historia con la que se relata en el Viejo Testamento.


Las hipótesis para ello no son tajantes, pudiendo aventurarse aún una contaminación sacerdotal por parte de gente del Viejo Mundo que hubo venido siglos antes de Colón, puesto que se prueba haber más paralelismos todavía. La tesis de Freixedo, que está planteada esquemáticamente y pudiendo perfeccionársela, es más inquietante porque implícita en ella está la existencia de entidades usurpadoras que se hacen adorar y seguir como divinidades, imponiendo a sus pueblos escogidos ciertas repugnantes prácticas que sólo los satisfacen a ellos, estableciéndose una similar identidad entre ellas o la participación de una tendencia común.

(…) Los diez mandamientos fundamentales de la religión cristiana, no sólo son el fruto de la aparición de uno de estos seres suprahumanos, sino que fueron entregados personalmente por él y nada menos que grabados en piedra, si es que hemos de creer a lo que por más de tres mil años ha venido enseñando el judeo-cristianismo. En el libro más respetado en todo el mundo occidental, se nos dice que un ser llamado Yahvé se apareció en una nube desde la que se comunicaba con los humanos. Una nube que, según leemos en el Pentateuco, hacía cosas muy extrañas para ser una nube normal.

Este señor, al que acompañaban otros seres suprahumanos dotados de extraordinarios poderes (que por otro lado eran bastante parecidos en sus pasiones a los hombres y que con mucha frecuencia se inmiscuían abiertamente en sus vidas) estuvo apareciéndose de la misma manera durante varios siglos a todo el pueblo hebreo y de una manera personal a diversos individuos a los que les indicaba cuál era su voluntad específica en aquel momento. Estos seres suprahumanos a los que nos referimos, se presentaban siempre como enviados por aquel ser que se presentó en el monte Sinaí; y el mismo Cristo – al que, como ya he dicho, consideramos no como uno de estos seres suprahumanos, sino como a un humano extraordinario – se presentó siempre como un enviado de aquel señor del Sinaí al que él llamaba su “padre”.

Posteriormente en el cristianismo, las apariciones de todo tipo de seres no humanos, o humanos ya glorificados, son cosa completamente normal y admitida por las autoridades de la Iglesia. Negar ahora este hecho, tal como pretenden hacerlo algunos teólogos modernos, es querer tapar el sol con un dedo.

A los que nos digan que Dios tiene el derecho de manifestarse como quiera y a los que nos presenten la teofanía del judeo-cristianismo como algo único, les diremos que si bien es cierto que Dios tiene el derecho de presentarse como quiera, no es lógico que lo haga con todas las extrañísimas circunstancias con que lo hizo en el caso del pueblo hebreo, y por otro lado no estaremos de acuerdo de ninguna manera en que el caso judeo-cristiano sea un caso único.

Muy por el contrario, nos encontramos con que la manera de manifestarse Yahvé al pueblo hebreo no difiere fundamentalmente en nada de la manera que otros dioses usaron para manifestarse a sus “pueblos escogidos”; porque como ya dijimos, estos seres suprahumanos gustan de “escoger” un pueblo en el que centran sus intervenciones con la raza humana, y en el que influyen positiva y negativamente, a veces de una manera muy activa y directa.

En este particular, el judeo-cristianismo no tiene originalidad alguna tal como enseguida veremos. Lo que sucede es que los cristianos, al igual que los fieles creyentes de otras religiones, concentrados en el estudio y en el cumplimiento de sus dogmas y ritos, y aislados por sus líderes religiosos de las creencias y ritos de otros pueblos, han ignorado y continúan ignorando hechos históricos que por sí solos son capaces de sembrar grandes dudas sobre la originalidad y la validez de las propias creencias religiosas.

LAS TEOFANÍAS SE REPITEN
La experiencia de haber sido “adoptados” por un “dios”, es casi común a todos los pueblos de la antigüedad, con la circunstancia de que esta adopción conllevaba ciertas condiciones que eran también comunes a todos los pueblos: la exigencia de sacrificios sangrientos de una u otra clase, a cambio de una protección (que resultaba ser tan mentirosa y, a la larga, tan poco eficaz como la que Yahvé dispensó al pueblo hebreo).

De hecho leemos en una nota de la Biblia de Jerusalén: “En el lenguaje del antiguo Oriente, se reconocía a cada pueblo la ayuda eficaz de su dios particular”.

Si bien es cierto que las mitologías y leyendas folklóricas de la antigüedad no tienen en muchos casos prueba alguna documental (aunque en muchos otros casos sí la tienen) nadie puede negar la realidad altamente intrigante de que de hecho muchos pueblos, separados por miles de años y por miles de kilómetros han tenido creencias y practicado ritos muy semejantes; ritos y creencias que, analizados a fondo, se dirían procedentes de un tronco común.

Con la peculiaridad de que muchos de estos ritos y creencias son bastante antinaturales e ilógicos, pudiendo uno llegar a la conclusión de que no brotaron espontáneamente de la mente de los humanos como una ofrenda a sus “dioses protectores”, sino que les fueron impuestos a los terrícolas por alguien que, a lo largo de los siglos, ha conservado los mismos gustos retorcidos, contradictorios y en muchos casos crueles.

PARALELOS ENTRE LAS TEOFANÍAS
Volviendo al caso histórico del pueblo hebreo, y dejando de lado a los otros dioses de los pueblos de Mesopotamia, tan desconcertantemente parecidos a Yahvé y contra los que éste tenía tan tremendos celos,
Baal
Moloc
Nabú
Aserá
Bel
Milkom
Oanes
Kemós
Dagón, etc.,
…vamos a fijarnos en una experiencia específica y extraña exigida por Yahvé al pueblo hebreo y vamos a encontrarnos con otro pueblo (separado del pueblo hebreo por unos 10.000 kilómetros en el espacio y por unos 3.000 años en el tiempo) al que su “dios protector” le hizo pasar por la misma extraña experiencia.
Me refiero al hecho de andar errantes por muchos años antes de llegar a la “tierra prometida” y bajo el mandato específico y la dirección inmediata de Yahvé.

El lector que quiera conocer más a fondo los detalles de todo este peregrinar no tiene más que leer el libro del Éxodo, que es uno de los cinco primeros que componen la Biblia.

HEBREOS Y AZTECAS
Pues bien, esta extraña aventura – que tiene que haber resultado penosísima para el pueblo judío – la vemos repetida con unos paralelos asombrosos e incomprensibles en el pueblo azteca. Según las tradiciones de este pueblo, hace aproximadamente unos 800 años que su dios Huitzilopochtli se les apareció y les dijo que tenían que abandonar la región en que habitaban y comenzar a desplazarse hacia el sur,
“hasta que encontrasen un lugar en el que verían un águila devorando a una serpiente”.

En este lugar se asentarían y él los convertiría en un gran pueblo. La región en que por aquel entonces habitaban los aztecas estaba en lo que hoy es terreno norteamericano – probablemente entre los estados de Arizona y Utah – y por lo tanto su peregrinar hasta Tenochtitlán fue notablemente más extenso que el que a los hijos de Abraham les exigió su “protector” Yahvé.

La caminata de los “Hijos de la Grulla” (como tradicionalmente se llamaba a los aztecas) fue de no menos de tres mil kilómetros y no precisamente por grandes carreteras sino teniendo que atravesar vastos desiertos y zonas abruptas y de densa vegetación que ciertamente tuvieron que poner a prueba su fe en la palabra de su dios Huitzilopochtli.

Pero por fin, después de mucho caminar encontraron en una pequeña isla, en medio del lago Texcoco, el águila de la profecía devorando una serpiente en lo alto de un nopal. Esta pequeña isla estaba exactamente donde ahora está la impresionante plaza del Zócalo, en medio de la ciudad de México. La febril actividad constructora de los aztecas – muy influenciada por otros dos pueblos que anteriormente se habían distinguido mucho por sus grandes construcciones: los olmecas y los toltecas – pronto convirtió aquellos lugares pantanosos, en la gran ciudad con la que se encontraron los españoles cuando llegaron a principios del siglo XVI.

Hoy día ya apenas si quedan algunas partes con agua del lago Texcoco, pero cuando llegaron los aztecas, allá por el año 1325, el lago ocupaba una superficie notablemente mayor del valle de México.

Con lo dicho hasta aquí, no podríamos encontrar sino un paralelo genérico con lo que les aconteció a los hebreos, y ciertamente no tendríamos derecho a esgrimirlo como un argumento en favor de nuestra tesis.
Pero si consideramos cuidadosamente todos los detalles de la historia de la peregrinación azteca, nos encontraremos con muchas otras circunstancias muy sospechosas.

Helas aquí:
La personalidad de Yahvé era muy parecida a la de Huitzilopochtli. Ambos querían ser considerados como protectores y hasta como padres, pero eran tremendamente exigentes, implacables en sus frecuentes castigos y muy prontos a la ira.

Ambos les dijeron a sus pueblos escogidos, que abandonasen la tierra en que habitaban. Yahvé lo hizo primeramente con Abraham haciendo que dejase Caldea y lo hizo posteriormente con Moisés forzándolo a que abandonase Egipto al frente de todo su pueblo.

Ambos acompañaron “personalmente” a sus protegidos a lo largo de toda la peregrinación, ayudándolos directamente a superar las muchas dificultades con que se iban encontrando en su camino.

Yahvé los acompañaba en forma de una extraña columna de fuego y humo que lo mismo los alumbraba por la noche que les daba sombra por el día, y les señalaba el camino por donde tenían que ir, haciendo además muchos otros menesteres tan extraños y útiles como apartar las aguas del mar para que pudiesen pasar de una orilla a otra, etc.

Huitzilopochtli acompañó a los aztecas en forma de un pájaro, que según la tradición era una gran águila blanca que les iba mostrando la dirección en que tenían que avanzar en su larguísima peregrinación.
Este peregrinar en ninguno de los casos fue de días o semanas. En el caso hebreo, Yahvé, extrañísimamente, se dio gusto haciéndoles dar rodeos por el inhóspito desierto del Sinaí durante 40 años (cuando podían haber hecho el camino en tres meses).

Huitzilopochtli fue todavía más errático y desconsiderado en su liderazgo, pues tuvo a sus protegidos vagando dos siglos aproximadamente, hasta que por fin los estableció en el lugar de la actual ciudad de México.

Si el tiempo que ambos pueblos anduvieron errantes no fue breve, tampoco lo fue la distancia que tuvieron que cubrir. Primero Abraham fue desde Caldea a Egipto de donde volvió a los pocos años.

Pero enseguida vemos a su nieto Jacob volver de nuevo a Egipto (siempre bajo la mirada de Yahvé, que era el que propiciaba todas estas idas y venidas) hasta que, al cabo de unos dos o tres siglos, vemos a todo el pueblo hebreo – por aquel entonces ya numerosísimo – de vuelta hacia la tierra prometida capitaneado por Moisés, pero dirigido desde las alturas por aquella nube en la que se ocultaba Yahvé.

La distancia que tenía que recorrer el pueblo hebreo era, teóricamente, de unos 300 kilómetros; pero Yahvé se encargó de estirar esos 300 kilómetros hasta convertirlos en más de mil.

La distancia recorrida por el pueblo azteca fue mucho mayor, ya que no debió de ser inferior a los tres mil kilómetros, distancia que fue fielmente recorrida por las seis tribus que inicialmente se pusieron en camino.
Ambos pueblos tuvieron que enfrentarse a un sinnúmero de tribus y pueblos que ya habitaban la “tierra prometida” cuando llegaron los “pueblos escogidos”.

Los amorreos, filisteos, jebuseos, gabaonitas, amalecitas, etc., que a cada paso nos encontramos en la Biblia en guerra con los hebreos, tienen su contrapartida americana en los chichimecas, tlaxcaltecas, otomíes, tepanecas, xochimilcos, etc., con quienes tuvieron que enfrentarse los aztecas en su peregrinaje hacia Tenochtitlán.

Ambos pueblos, en cuanto fueron adoptados por sus respectivos dioses protectores, comenzaron a multiplicarse rápidamente, pero sobre todo en cuanto llegaron al lugar prometido y se establecieron en él se hicieron muy fuertes y pasaron a ser los pueblos dominantes en toda la región, avasallando a sus vecinos.
Ambos pueblos llegaron a la cúspide de su desarrollo aproximadamente a los dos siglos de haberse establecido en la tierra prometida.

Ambos pueblos fueron adoctrinados en un rito tan raro como es la circuncisión. Éste es un “detalle” tan extraño que induce a sospechar muchas cosas, entre ellas, que Yahvé y Huitzilopochtli eran hermanos gemelos en sus gustos.

Tanto Yahvé como Huitzilopochtli les exigían a sus pueblos sacrificios de sangre. Entre los hebreos esta sangre era de animales, pero entre los aztecas la sangre era frecuentemente humana, como en la dedicación del gran templo de Tenochtitlán cuando, según los historiadores, se sacrificaron varios miles de prisioneros, abriéndoles el pecho de un tajo y arrancándoles el corazón, todavía latiendo y sangrante, para ofrecérselo a Huitzilopochtli.

Yahvé, a primera vista no llegaba a tanta barbarie, pero parece que a veces acariciaba la idea. Recordemos si no, el abusivo sacrificio que le exigió a Abraham de su hijo Isaac (y que sólo a última hora impidió) y el menos conocido de la hija de Jefté (Jue. 13).

Este caudillo israelita le prometió a Yahvé que mandaría sacrificar al primer ser viviente que se le presentase a la vuelta al campamento, si Yahvé le concedía la victoria sobre los ammonitas.

Cuando volvía victorioso de la batalla, la primera que le salió al encuentro para felicitarle fue su propia hija. Y Yahvé, que con tanta facilidad le comunicaba sus deseos a su pueblo, no dijo nada y permitió que Jefté cumpliese su bárbaro juramento. Y éste no es el único ejemplo de este tipo.

(Y conste que no decimos nada – para no extendernos – de los auténticos ríos de sangre que el propio Yahvé causó con las continuas batallas a las que forzó durante tantos años a su pueblo, RÍOS de sangre que a veces provenían exclusivamente de su pueblo escogido cuando “se encendía su ira contra ellos” cosa que sucedía con bastante frecuencia.)

Tanto Yahvé como Huitzilopochtli abandonaron de una manera inexplicable a sus respectivos pueblos cuando éstos más los necesitaban. Yahvé – que ya estaba bastante escondido desde hacía varios siglos – se desapareció definitivamente a la llegada de los romanos a Palestina, y Huitzilopochtli hizo lo mismo cuando llegaron los españoles; y a partir de entonces, la identidad de los aztecas como pueblo, se ha disuelto en el variadísimo mestizaje de la gran nación mexicana.

(Es muy dudoso, por no decir imposible, que los aztecas, pese a las promesas de su protector, logren el supremo y desesperado acto de supervivencia de los israelitas, de volver a resucitar como un pueblo de historia y características propias).

Por supuesto, como no podía ser menos, ambos pueblos fueron instruidos detalladamente acerca de cómo habían de construir un gran templo en el lugar en donde definitivamente se instalasen. (Este es otro “detalle”, como más adelante veremos, que ha sido básico en todas las apariciones religiosas a lo largo de la historia).
Por si todos estos paralelos no fuesen suficientes, nos encontramos todavía con otro, que le confieso al lector que a mí me produjo una profunda impresión cuando lo encontré ingenuamente relatado por fray Diego Durán, uno de los muchos frailes franciscanos que escribieron las crónicas de los primeros tiempos del descubrimiento de América, basados en lo que los propios indios les contaban.

El buen fraile, en su relato de las creencias de los antepasados de los aztecas, nos cuenta (por supuesto, con una cierta lástima ante el paganismo “demoníaco” en que se hallaban sumidos aquellos pueblos) que cuando el pueblo entero avanzaba hacia el sur, siguiendo siempre a la gran águila blanca que los dirigía desde el cielo, lo primero que harían al llegar a un lugar, era construir un pequeño templo para depositar en él el arca que transportaban mediante la cual se comunicaban con su dios.

Este detalle de llevar también un arca, al igual que los hebreos, y de considerarla de gran importancia, pues era el vínculo que tenían con su protector, es algo que me sumió en profundas reflexiones y que me hizo llegar a la conclusión de que algunos de estos “espíritus que están en las alturas” – tal como los denomina Sn. Pablo – tienen gustos muy afines.

Y puede ser que no sólo gustos, sino también necesidades, cuantas veces se asoman a nuestro mundo, o a nuestra dimensión, en donde no pueden actuar tan naturalmente como lo hacen cuando están en su elemento.
Todavía como un último paralelo, podríamos añadir lo siguiente: Si el Yahvé de los hebreos tuvo su contrapartida americana en Huitzilopochtli, el Cristo judío, en cierta manera reformador de los mandamientos de Yahvé, tuvo su contrapartida en Quetzalcoatl, el mensajero de Dios, instructor y salvador del pueblo azteca, que, como Cristo, apareció en este mundo de una manera un tanto misteriosa; fue aparentemente un hombre como él, y como él, se fue de la tierra de una manera igualmente extraña, prometiendo ambos que algún día volverían.

Hasta aquí llegaban los paralelos que personalmente había investigado hace ya unos cuantos años; pero la lectura del libro de Pedro Ferriz “¿Dónde quedó el Arca de la Alianza?”, ha dado pábulo a mis sospechas y a mis paralelos, con los detalles que allí aporta.

Uno de ellos es el curioso “cambio de nombres”.
Resulta que Huitzilopochtli tenía la misma “manía” que Yahvé (Abram-Abraham, Sarai-Sara, Jacob-Israel) y hasta que el mismo Jesucristo (Kefas, Boanerges). Y por cierto la misma “manía” que encontramos en los modernos “extraterrestres” que con gran frecuencia les cambian el nombre a sus contactados.
Pero no sólo eso sino que el Moisés azteca – que era el único que hablaba con Huitzilopochtli, según Ferriz – se llamaba “Mexi y su hermana (¡porque también tenía una influyente hermana!) se llamaba Malínal” [Malinalxóchitl].

Pues bien, fonéticamente, Meshi se parece a Moshe (Moisés en la versión fonética castellana), y Malínal a María. Y aunque al lector este paralelo pueda parecerle una exageración traída por los pelos, debería saber que estos “parecidos” en cuestión de nombres propios son algo con lo que nos encontramos frecuentemente en el mundo de lo religioso-paranormal (Krishna-Cristo; Maturea-Matarea, etc.) y son algo normal en el mundo esotérico.

Son chispazos de la Magia Cósmica que escapan a nuestra lógica.
Hasta aquí los paralelos entre el peregrinar del pueblo hebreo y el peregrinar del pueblo azteca.
Si todas estas similitudes las encontrásemos únicamente entre estos dos pueblos, podríamos achacárselas tranquilamente a pura coincidencia casual.

Pero lo que se hace tremendamente sospechoso es que éstas y otras “coincidencias” las encontramos en gran abundancia en muchos otros pueblos de la Tierra, separados por miles de años y por miles de kilómetros.

Fuente: bibliotecapleyades.net

jueves, 27 de diciembre de 2012

LOS DIOSES SERPIENTE Y DRAGÓN EN LA MITOLOGÍA

¿REFLEJAN UNA REALIDAD EN LAS ANTIGUAS CIVILIZACIONES? 1


“Antiguas leyendas de la tribu de Nyoro en África indican que los primeros humanos vinieron del cielo, parecían camaleones y fundaron la humanidad”. Esta es una de las leyendas que forman parte de la extensa literatura y mitología de las antiguas culturas, que están llenas de relatos de dragones o serpientes que vuelan.


Bastantes civilizaciones de este mundo remontan su ascendencia a estos seres identificados como dragones o serpientes voladoras. En la mayoría de los casos son los que llevaron la civilización a la humanidad y los describen frecuentemente como los dioses que los crearon. El hombre antiguo se refiere a estos seres como dioses, que podían moverse libremente por los cielos en sus “carros de fuego” o “barcos celestiales.” 

Aparentemente vivían en una “morada divina” y descendían a menudo para interferir en los asuntos de los hombres. Hace más de 20 años, el escritor R.A. Boulay escribió su obra “Serpientes y dragones voladores“, basada en mitos y leyendas de todo el mundo: India, China, Sumer, Egipto, América, etc… Este artículo resume algunas de sus ideas al respecto.


En este punto deseo hacer una aclaración importante: Lo que parecen indicar las tablillas sumerias, el Génesis (derivado de estas tablillas) y otras evidencias, es que se produjo la creación del Homo Sapiens por parte de unos seres venidos de otro planeta, mediante la manipulación genética, algo que hoy en día ya empezamos a estar en condiciones de hacer y comprender. Sin embargo, esto no contradice ni la teoría de la evolución ni la idea de que hay un creador inicial de todo lo existente, a lo que se le suele llamar Dios. Pero parece que los dioses (en realidad no se habla de un único “dios”) bíblico no son este creador inicial, sino “solo” los creadores del Homo Sapiens.

A este respecto deseo hacer referencia a la siguiente frase de D. T. Suzuki, que fue un maestro y divulgador japonés del Budismo, del Zen y del Shin: El significado del Avatamsaka y de su filosofía será incomprensible a menos que experimentemos… un estado de completa disolución, donde no exista dife­renciación entre la mente y el cuerpo, entre el sujeto y el objeto… Entonces miramos alrededor y vemos eso… que cada objeto está relacionado con todos los demás objetos… no sólo espacialmente, sino temporalmen­te… Experimentamos que no hay espacio sin tiempo, que no hay tiempo sin espacio; que se interpenetran.” . A lo mejor esto es lo que representa (de una manera parcial, como no podría ser de otra manera) al Todoque llamamos Dios creador.


Las más antiguas e importantes culturas de Mesopotamia fueron fundadas probablemente por estos dioses serpientes. La colonización de este planeta por estos seres se describe en la “lista de los Reyes Sumerios” (ver otros artículos de este blog sobre Sumer). Este documento data del tercer milenio antes de Cristo y proporciona la sucesión de los reyes de Sumer, la duración de sus reinados y el tiempo en que vinieron sus antepasados. Se les llamaba Anunnaki y se nos dice que descendieron a la tierra para establecer sus ciudades en la antigua Mesopotamia. 

Asombrosamente hay múltiples datos sobre estas primeras civilizaciones sumerias, que luego fueron substituidos por los Acadios y las culturas babilónicas. De las numerosas tablillas, monumentos, y escrituras cuneiformes que han sido descubiertos en épocas recientes es posible reconstruir de una manera bastante completa los acontecimientos que transcurrieron en aquella época remota de la humanidad.


Hay también una gran cantidad de evidencias, como el Antiguo Testamento, provenientes de la misma fuente, pero que sufrieron una distorsión. De la combinación de estas antiguas fuentes seculares y religiosas es posible ensamblar la historia de nuestra ascendencia, que parecen indicar que descendemos de dioses serpiente o de extraterrestres que colonizaron la tierra hace muchos miles de años. 

Parece que nuestros antepasados comenzaron a colonizar la tierra para obtener los metales necesarios para su planeta. Para procesar y transportar estos metales en cargueros aéreos construyeron cinco ciudades operacionales en Mesopotamia, entre ellas las plataformas de lanzamiento espacial, que parece estaban centradas en la Península del Sinai. La gente de sumeria se refería a estos “dioses” como Anunnaki o los hijos de Anu, su principal dios y líder.


Parece bastante evidente que los Anunnaki eran una raza extraterrestre. Y según algunos textos todo parece indicar que era una raza inteligente de origen reptil. Esto no debería sorprendernos, cuando en la Tierra tenemos constancia de que durante muchos millones de años los saurios fueron los amos del planeta y que incluso se considera que las aves actuales son de origen saurio.


En las tablillas sumerias se explica que en un momento dado requirieron una mano de obra barata y por esta razón crearon al Homo Sapiens combinando las características genéticas de la raza Anunnaki con las del hombre primitivo (en otro artículo se trata este tema en mayor detalle), produciendo el “Adán” del Antiguo Testamento. Por esta razón se supone que este Adán era mitad humano y mitad reptil. Y sin embargo, inicialmente no podía reproducirse por si mismo. 

Cuando las condiciones comenzaron a cambiar en la Tierra y el clima se fue volviendo más seco, se hizo necesario modificar el Adán para adaptarlo mejor al clima variable. El hombre fue modificado y se le aplicaron rasgos más mamíferos. Ésta probablemente fue la “caída bíblica del hombre” donde Adán alcanzó el conocimiento o la capacidad para reproducirse sexualmente. Como resultado de esta modificación genética, el hombre perdió la mayor parte de su aspecto y naturaleza reptil: piel brillante, luminosa y escamosa, y adquirió características mamíferas: una piel suave y flexible, pelo en el cuerpo, la necesidad de sudar y la capacidad de reproducirse. Ya no corrió más desnudo. Ahora tuvo que usar ropa para su comodidad y protección. Para todos los propósitos, el hombre ahora era un Homo Sapiens.


El hombre pronto pobló la Tierra para trabajar para sus amos Anunnaki. Esta probado por diversas fuente, entre ellas el Antiguo Testamento, que los “dioses” Anunnaki se aparearon con las hijas del hombre, produciendo los semidioses y héroes de la antigüedad. Ellos fueron conocidos en el Antiguo Testamento como los Nefilim. Ellos también realizaban experimentos genéticos que produjeron formas monstruosas, tal como se refleja en mitos y leyendas. 

La agitación en la tierra se terminó mediante una gran catástrofe mundial, conocida como el Diluvio Universal. En este tiempo, los dioses se retiraron de la Tierra en sus naves espaciales, dejando atrás a su descendencia semidivina para perecer con la humanidad en la gran inundación. Cuando se empezaron a retirar las aguas, descendieron una vez más para establecer nuevas ciudades en las llanuras de Mesopotamia.


Apareándose nuevamente con humanos, produjeron una raza de seres semi divinos para gobernar sus imperio en la tierra. En resumen, crearon una raza de dioses gigantes y guerreros, los descendientes de los Nefilim, conocidos por el nombre de Rephaim, que sometieron a la humanidad por miles de años y luego, alrededor del primer milenio aC., aparentemente fueron eliminados. 

En la antigua Mesopotamia, los dioses residían en templos situados en la cima de ziggurats, una construcción piramidal. Esta zona estaba prohibida para la gente normal y solo era accesible para algunos sacerdotes de confianza. Aquí comían en privado rodeados por cortinas, de modo que incluso los sacerdotes que los atendían no pudieran verlos comer. Uno se pregunta que querían esconder con esta privacidad.


En el Antiguo Testamento también se hace referencia a la necesidad de privacidad de los “dioses”. Durante el Éxodo, la deidad vivía en una tienda y nunca fue vista por nadie. Y tampoco comía en público. Instrucciones específicas le fueron dadas a Moisés de cómo preparar el alimento, que era dejado en una parrilla cerca de las habitaciones de la deidad para su comida en privado. Estaba prohibido a los humanos el verlos. 

A Moisés le fue dicho rotundamente por su Dios: “No puedes ver mi rostro, el hombre quizás no me vea y viva.” Y esta prohibición es llevada al extremo a lo largo de las Sagradas Escrituras. Se convirtió en un mandato de no hacer “una imagen tallada” parecida a una deidad. De este modo al hombre no solo le fue prohibido verlos sino incluso ver una representación de dichas deidades. ¿Podría ser que su aspecto fuese tan extraño y repulsivo que tuvo que ser mantenido ignorado por el hombre? Si las deidades eran tan superiores y grandes como indican las Sagradas Escrituras, se entiende que se complacerían en permitir que el hombre las viese en su magnificencia


Solo a unos pocos privilegiados les fue permitido el acercamiento a las deidades. En Mesopotamia estaban los semi dioses, los descendientes del apareamiento de un dios o diosa con un ser humano. Éstos formaron la aristocracia y tuvieron la confianza de los dioses para establecer una barrera entre ellos y la humanidad. Pero todo parece indicar que incluso estos semi dioses tenían un aspecto algo extraño y probablemente tenían aún ciertas características reptilianas. 

El legendario Gilgamesh, por ejemplo, tuvo algo extraño en su aspecto que le hizo permanecer alejado del hombre normal. Los patriarcas bíblicos también tenían algo inusual en su aspecto como se demuestra el comportamiento irracional de Noé cuando fue visto desnudo por sus hijos. Según la antigua tradición babilónica, descrita por el sacerdote Beroso, el origen del hombre puede ser atribuida a Oannes, criatura medio anfibia y medio humana, que salió del Golfo Pérsico para enseñar las artes y la civilización al hombre. Beroso los llamó “annedoti”, que en griego se traduce como “los repulsivos“. Él también se refería a ellos como “musarus” que significa “una abominación” De esta manera, la tradición babilónica acredita la fundación de la civilización por una criatura que era considerada una abominación repulsiva. Realmente extraño.


El aspecto reptiliano de los dioses bíblicos era un secreto bien guardado y solo ocasionalmente es perceptible en el Antiguo Testamento, como por ejemplo, en la adoración del “seraphim” o la “serpiente de bronce” durante el Éxodo. Hay muchas más referencias en la literatura religiosa que forma la base para el Antiguo Testamento. En el Haggadah, en la tradición judía, revela que Adán y Eva perdieron su “piel brillante y dura” como resultado de comer la fruta prohibida. 

Los Gnósticos, rivales de los primeros cristianos, relatan que como resultado de comer la fruta prohibida, Adán y Eva adquirieron conocimiento, parte del cual era darse cuenta que sus creadores eran “figuras bestiales.”. la realidad es que hemos creado a un tipo de dios en nuestra imaginación y no de otra manera. De este modo, hemos ocultado la verdadera identidad de nuestros creadores (en realidad manipuladores genéticos, ya que la creación inicial sigue siendo un misterio). La mayoría de las mitologías y de las religiones del mundo se refieren a sus antepasados como las serpientes voladoras o dragones que trajeron las artes y la civilización a la humanidad. 

El más viejo de los libros chinos, el misterioso “Yih King” afirma que el primer humano fue formado por la antigua diosa Nu Kua, que parece es el nombre chino de la diosa serpiente sumeria Ninkhursag. Los primeros emperadores chinos afirmaban ser descendientes de esta diosa dragón. Las más antiguas y famosas de las epoyas hindúes, el “Ramayana” y el “Mahabharata,” se refieren al contacto sexual del primer hombre con los dioses serpiente que eran también sus antepasados. La mitología centroamericana y africana relatan cómo seres parecidos a serpientes voladoras y dragones descendieron de los cielos para enseñarles las bases de la civilización.


Los dragones y las serpientes voladoras, que han impregnado en gran manera la mitología antigua, ¿eran realmente grandes saurios que además tenían la capacidad de viajar en sus naves espaciales? ¿Cómo podían los antepasados ilustrar este hecho excepto proveyéndoles de alas? Incluso el Antiguo Testamento indica que la serpiente del jardín del Edén era un reptil, ya que se dice que la serpiente había perdido sus manos y pies como resultado de la caída del hombre. Entonces se supone que anteriormente tuvo que haber sido una serpiente o un reptil con extremidades.

Uno de los personajes que ha plasmado a los dragones en sus obras arquitectónicas es Antonio Gaudí Así, el dragón representado en su obra de la puerta de la finca Güell es Ladón, fiero guardián de la entrada del jardín de las hespérides, que fue muerto por Hércules, según se relata en L’Atlàntida de Jacint Verdaguer. Ese dragón imponente, de más de cinco metros de envergadura, con fauces y dientes recortados, alas de murciélago y cola en espiral, sorprende a los turistas por su ferocidad. 

En el otro extremo tenemos al dragón de colorines del Park Güell, que es Pitón, la serpiente del templo del oráculo de Delfos que, según la mitología griega, cayó muerta a manos de Apolo, quien la enterró en el sótano del templo y acabó convirtiéndose en protectora de las aguas subterráneas. Es realmente sorprendente que en una ciudad occidental como Barcelona puedan observarse tantos dragones de todos los tamaños, representados como cocodrilos, serpientes, lagartos, salamandras, reptiles, dragones y saurios en general. 

Si excluimos el lomo de dragón del tejado de la casa Batlló, el más grande resulta ser el del parque de la Espanya Industrial, de 32 metros de longitud y 150 toneladas de peso, mientras que el más pequeño es una pareja engarzada en los tiradores de las puertas del Pati dels Tarongers, en el Palau de la Generalitat. También son reseñables las cuatro dragonas de la pastelería Foixde Sarrià, ya que son de las poquísimas féminas de dragón representadas en la ciudad; el famoso dragón chino de la casa de los Paraigües de la Rambla, un edificio premodernista de Josep Vilaseca; los cocodrilos sumergidos en las aguas de la fuente de la plaza Espanya; o las grandes lagartijas gaudínianas del templo de la Sagrada Família.


Impresionan sus ojos altivos y firmes. La palabra dragón viene del latín draco, que procede del griego drákon, a su vez derivado de la voz griega dérkomai, que significa ‘mirar con fijeza’. Según algunos eruditos, esa cualidad explicaría su condición de guardián mítico de doncellas y tesoros, combatidos por dioses, santos o héroes, aunque el combate legendario entre el caballero y el dragón se vincula a mitos indoeuropeos de lucha entre dioses de la guerra y eldragón demoniaco bíblico-babilonio

Para Catalunya, ese caballero es Sant Jordi, que en 1456 fue declarado patrón por las Cortes Catalanas, reunidas en el coro de la catedral de Barcelona. Es también patrón de Aragón, Inglaterra, Portugal, Grecia, Polonia, Lituania, Bulgaria, Serbia, Rusia y Georgia, entre otros países. De Sant Jordi está más documentado su culto que su existencia, pero la leyenda lo sitúa en el siglo III, nacido en Capadocia o Nicomedia, y mártir por decapitación durante la persecución de los cristianos por el emperador romano Diocleciano. Su leyenda llegó a estas tierras en el siglo XV. 

Algunos dragones de Barcelona aparecen junto a Sant Jordi, mientras otros ejemplares son orientales y denotan el gusto por los elementos exóticos de la burguesía catalana en los tiempos del modernismo. En aquella época la decoración era fundamental, así que los dragones se representaban en muebles, puertas, joyas y cortinas. Los dragones orientales, seres sin alas pero voladores, se consideran seres benévolos, cargados de sabiduría, mientras que los dragones occidentales suelen ser considerados maléficos. Según el arquitecto Bassegoda, “El dragón es un monstruo inventado, por lo que cada artista ha podido apelar a su propia imaginación a la hora de plasmarlo, y por eso son tan diversos”. Pero no todo lo referente a los dragones puede considerarse simplemente como un elemento decorativo.

La dualidad de la serpiente como fuente deL bien y del mal puede verse en la religión egipcia, probablemente debido a ciertos acontecimientos históricos singulares. En los reinos más antiguos la serpiente es benevolente y está asociada a los dioses y la inmortalidad. Más adelante, en particular durante la 18 dinastía alrededor del 1.600 aC, la serpiente se convierte en una criatura siniestra y en objeto de odio y exorcismo. En este tiempo comenzó el “milenio de los dioses”, que duró hasta alrededor del año 700 aC, que es la época del advenimiento de la famosa 19 dinastía del nuevo reino, con Seti y Ramsés el Grande. Si la influencia del planeta Nibiru causó los cataclismos adicionales en esta época, ello coincidiría con la campaña guerrera de Sargón (de Asiria). Si esto fuera así, explicaría que en Egipto se dejase de ver a los “dioses serpiente” como benévolos y se los empezara a ver como siniestros.


En las paredes de las tumbas de las primeras dinastías la serpiente es representada como una criatura amistosa que el rey lleva en su espalda hacia el cielo estelar. El rey es llevado por el dios serpiente a la tierra de la inmortalidad, la tierra de los dioses. Y en este tiempo la serpiente fue adoptada como símbolo de realeza o divinidad y comienza a representarse como el áspid divino en el tocado del faraón. Pero en el nuevo reino, después que los primeros reyes de la 18 dinastía libraron el país de los odiados Hyksos, la serpiente adquiere un carácter malvado. 

Se convierte en un ser diabólico que debe ser exorcizado en los rituales. Llamado Apep o Apop, es la manifestación de los Hyksos que invadieron y ocuparon Egipto por centenares de años. Hay que hacer notar que se supone que los Hyksos invadieron Egipto en el mismo tiempo en que los israelitas huyeron, es decir, alrededor del 1.600 aC. Gobernaron Egipto hasta cerca del año 1.000 aC, cuando el Rey Thutmose I de la 18 dinastía los expulsó para siempre y estableció el nuevo reino. Apop era el primer gobernante Hykso y con sus descendientes reinó desde la 14 hasta la 17 dinastía. Muchas de los gobernantes adoptaron el nombre de Apop y en particular el último rey Hykso, que fue derrotado por Ahmose y Kamose, los fundadores de la 18 dinastía.


Apop poseía muchos epítetos y en las ceremonias el objetivo del pueblo egipcio era destruirlo y maldecirlo. Este ritual es una reminiscencia de la ceremonia “yajna” de los antiguos hindúes, quienes invocaban varios nombres de serpientes mientras eran lanzadas al fuego. El odio egipcio hacia los crueles gobernantes Hyksos fue muy profundo, ya que destruyeron sistemáticamente la cultura y los monumentos egipcios. Veremos que estos gobernantes eran ni más ni menos que los descendientes de los Rephaim, que a su vez descendían de los Nefilim antediluvianos, que gobernaron las tierras del Oriente Medio después del diluvio.
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