Mostrando entradas con la etiqueta adicción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta adicción. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de septiembre de 2014

Adicción a la comida chatarra: más de lo que parece

Una investigación neurobiológica demostró que estos alimentos pueden causar adicción grave similar a las drogas.

Cuando se trata de alimentos procesados, las cantidades excesivas de azúcares y grasas hidrogenadas son la regla y no la excepción. No es ningún secreto ya que hay un hilo muy distinto que une el aumento del consumo de este tipo de alimentos, junto con las campañas implacables de publicidad y las proporciones epidémicas de diabetes y obesidad en todos los grupos de distintas edades a escala global.
De hecho, si las tendencias actuales continúan, se estima que para el 2030, más del 86 por ciento de los estadounidenses tendrán sobrepeso o serán obesos. Para algunas personas, esta imagen se ve terrible, pero la verdad es que apenas roza la superficie del problema.
Una investigación neurobiológica demostró que estos alimentos pueden causar una adicción grave, similar a la adicción a las drogas. La Dra. Nicole Avena y sus colegas del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Florida, informan que el consumo de azúcar no solo altera la función cerebral y el comportamiento, sino que también provoca el mismo tipo de abstinencia y producen los mismos síntomas que generan las drogas opiáceas.
En otras palabras, el azúcar afecta a los receptores opioides en el cerebro, que son reconocidos por naturales (endógena o no) sustancias opioides. Por otro lado, los alimentos ricos en grasas parecen afectar el cerebro de una manera diferente, a pesar de que causan síntomas de retirada. Muchos estudios muestran que existe una relación única entre los ácidos grasos y el equilibrio emocional.
Por ejemplo, un estudio publicado en The Journal of Clinical Investigation en 2011 probó los efectos del consumo de grasas en personas sanas, mientras pasaban por sentimientos de tristeza inducida experimentalmente.
En cuestión de minutos los sentimientos de tristeza se aliviaron considerablemente y los sujetos mejoraron su humor, mientras que la resonancia magnética confirmó la respuesta cerebral esperada. Este estudio es importante porque muestra que la grasa en realidad ni siquiera tiene que ser digerido correctamente con el fin de modificar las funciones del cerebro.
La mera presencia de grasa en el intestino provoca la liberación de hormonas gastrointestinales, que regulan las respuestas neurológicas y emocionales dentro de muy pocos minutos.
Los estudios demuestran que la comida chatarra, alta en grasa y azúcar, es mucho más que calorías excesivas. Esta sin duda, crea adicción en un nivel bioquímico y neurológico.
Sería ingenuo creer que la riqueza de la comida chatarra en estos compuestos específicos es un accidente. Michael Moos explica en su increíble libro “Salt, Sugar, Fat: How the Food Giants Hooked Us” que la cantidad de investigación secreta invertida por los gigantes de Big Food en encontrar las combinaciones adecuadas de los ingredientes más baratos y más adictivos de sus productos es inmensa.
Lo que la neurociencia recién ahora está empezando a comprender y a dilucidar, es lo que las compañías de alimentos sabían desde el principio. Y capitalizaron con fuerza mediante la venta de alimentos procesados, especialmente diseñados para eludir el control del apetito y las válvulas de seguridad neurológicas de cualquier víctima insospechada.
Debido a la complejidad y la interconexión de las funciones biológicas en el cuerpo humano, el impacto global de los alimentos procesados en la fisiología humana, la salud, la esperanza de vida y calidad de vida en esta generación es aún difícil de estimar.
Pero una vez más el rigor de este lento, pero eficiente ‘genocidio’ no puede ser completamente apreciado si el impacto en las futuras generaciones no se evalúa también. Las últimas investigaciones muestran que la dieta durante el embarazo tiene un impacto significativo en las opciones de nutrición de los hijos.
Ahora se confirma que cuando la mujer embarazada sigue una dieta alta en grasas, su bebé muestra una preferencia medible para el azúcar. Sin embargo, esto no es solo un rasgo de comportamiento casualmente transmitido a la siguiente generación por medio de imitar el comportamiento de los adultos.
Por el contrario, como resultado de la dieta materna, el ADN y la posterior expresión de los genes que codifican los receptores opioides y dopamina en el cerebro del niño se altera de una manera que promueve la adicción.
Esto no es sorprendente, ya que el uso repetido de ciertas drogas ha sido bien documentado por causar modificaciones del ADN enzimática (cambios epigenéticos) que interrumpen los programas de genes neuronales y apoyan la conducta adictiva.
Este hecho científico explica por qué los niños de madres obesas pesan más, tienen mayor masa grasa y se elevó la insulina y niveles de glucosa en la sangre en comparación con los grupos control. Los experimentos demuestran que la alteración genética inducida por el consumo de comida chatarra durante el embarazo tiene efectos a largo plazo sobre el comportamiento del niño y las respuestas neurológicas.
En una manera retorcida, la nueva generación es genéticamente pre-programada para ser adicta a la comida chatarra, incluso antes de que nazcan. Esta perfecta auto-alimentación garantiza beneficios a largo plazo para las empresas alimentarias y una enfermedad crónica que irá debilitando a los seres humanos, para las generaciones venideras.
Mediante el diseño y la venta del productos adictivos, la baja calidad y los productos de promoción de la enfermedad, las gigantescas Corporaciones de alimentos lograron lo impensable: crear un ejército dedicado de admiradores, adictos a la salud comprometida, cuya cognitiva, bioquímica e incluso el potencial genético de liberarse de su adicción es secuestrado antes del nacimiento.
Por Eleni Roumeliotou – http://www.greenmedinfo.com
Visto en  :  La Gran Época

jueves, 26 de junio de 2014

La Preocupación: Eres un Adicto y No lo sabías

chico_azul-cortada
Eres un adicto/a. Y, lo peor, es que lo eres a una sustancia que te impide saberlo. Pero eres un adicto/a.
Es una sustancia que, como cualquier virus letal, como cualquier otra dependencia, se ha introducido en tu vida y te afecta continuamente, a diario.
Como toda adicción, cuanto más consumes, más quieres… Más necesitas.
Pero, a diferencia del resto de adicciones o sustancias que puedas imaginar (como el alcohol, el tabaco, la cocaína o cualquier otra droga) esta sustancia, en concreto, se vale de tu propio organismo para segregar las toxinas que te hacen adicto y te destruyen.
Te estoy hablando de la preocupación.
Somos adictos a las preocupaciones, de todo tipo, de toda clase, por cualquier razón.
Y esta adicción es tremendamente peligrosa y potencialmente letal. Se puede morir de preocupaciones y de miedo.
Ahí están los infartos, los suicidios, las depresiones, los terrores nocturnos y, según no pocos estudios, incluso el orígen del propio cáncer.
Años de preocupación continua, por todo: Por la familia, por el dinero, por los negocios, por los hijos, por las enfermedades, las guerras, la crisis… O, por todo lo anterior a la vez, acaban haciendo añicos el sistema inmunitario. Lo debilitan hasta que aparecen todo tipo de patologías o enfermedades que pueden llegar a ser mortales o causa de postración de por vida. Después, los ciegos tienden a creer que la enfermedad que acabó con un conocido fue la causa, sin ir un poco más atrás, al orígen que permitió que esa patología anidara en nosotros.
La preocupación es silenciosa y se adueña de tu pensamiento. Nos amarga, nos causa dolor, miedo y frustración, entre otras emociones destructivas. Pero ahí no queda la cosa.
Lo peor es que ese torrente de pensamientos destructivos y nocivos continuos hacen que nuestro sistema endocrino segregue infinidad de hormonas igualmente dañinas para todo nuestro organismo. Forzamos a nuestro sistema inmunitario a “creer” que está siendo atacado, descompensando así su funcionamiento y anulando la mayoría de sus funciones para centrarse en una respuesta “defensiva” ante un enemigo que no existe, pero que el miedo y la preocupación constante, hacen creíbles.
Como decía al principio, ese mismo torrente de hormonas que segrega nuestro sistema endocrino, nos “engancha”. Así es… Se hace adictivo.
Somos adictos a sufrir, a sentir dolor, pena, miedo… Preocupación.
Y lo somos porque nuestro organismo es el mejor y más eficiente laboratorio de estupefacientes del mundo.
Esos pensamientos y esas emociones nos hacen daño, pero las sustancias químicas que segregamos nos convierten en “yonkis” de las mismas. Y nuestro cerebro pide más… aunque le haga daño.
Esta adicción a la preocupación es un fantasma que se introduce en nuestra mente  y nos devora desde dentro.
Sentimos preocupación (que es la antesala del miedo) por todo y eso terminada marcando nuestra jornada laboral, personal, familiar, sentimental… Así como nuestro diálogo interior.
Vivimos en estado de alerta, de tensión (estrés), con una permanente sensación de ansiedad y encontramos enemigos en todas partes: El gobierno, los poderes en la sombra, el jefe, el compañero de trabajo, el vecino, la ex-esposa o el ex-marido… Sin darnos cuenta de que el enemigo está dentro de nosotros y que sólo ahí podamos detenerlo.
Libérate de esa adicción. Libérate de ese dictador, de ese tirano que te está matando. No es que no te permita ser feliz (que tampoco), es que TE ESTÁ MATANDO LENTAMENTE. DÍA A DÍA Y CON TU CONSENTIMIENTO.
¿Cuándo viviste una sola jornada de tu vida en completa tranquilidad?;
¿Cuándo pasaste un solo día tanto en tu aspecto personal como en el personal y familiar, sin preocupaciones, sin estrategias, sin miedo, sin hacer cálculos, pensar en pagos, deudas, crisis o a la defensiva en algún momento por algo?
No has sido libre ni un solo día completo de tu vida adulta.
Ya no olvidas. Ya no dejas pasar las cosas como cuando eras niño.
Ya no lo relativizas todo.
Ya no te acuerdas de que no hay unas sola persona en este planeta (desde el más poderoso y rico, al más pobre… ni una sola persona) que sepa qué puede pasar en su vida dentro de 5 minutos. Y no obstante esa liberación, que debería servirte para vivir el momento y no pensar en nada más, tú prefieres hacer planes, pensar en “qué podrá pasar si…”, “qué sucederá si…”, “qué me acontecerá mañana o la semana que viene con tal o cual asunto…” ¿Te suena?.
Claro que te suena. Es el lenguaje de programación constantemente destructivo con el que te programas; La letanía con la que te castigas; El tirano al que prestas atención para insultarte, menospreciarte, aterrorizarte y matarte cada día, cada poco rato.
Pero hay posiblidad de liberación:
Sé consciente de que “esa preocupación” no te la está recordando tu mente, sino un yonki dentro de ti que suplica su ración de sufrimiento.
No escuches más a ese adicto. No sigas a su lado porque te destruirá, como hace todo yonki con todo el que se acerca a él y consume con él.
Ignora esos pensamientos tan pronto aparezcan en tu mente. ¡No luches contra ellos!, porque eso los refuerza.
Si quieres que algo desaparezca de tu vida, no luches nunca contra ello porque todo aquello a lo que te resistes, persiste.
Sencillamente, IGNORA esos mensajes.
Deja de cultivar esas imágenes, esos recuerdos, esos pensamientos, ideas, temores, dudas… Preocupaciones en suma.
Y debes hacerlo por ti y por los tuyos.
Por tu propio bien, por tu carácter, calidad de vida, salud (mental y física), seguridad económica, laboral, familiar, sentimental… ¿Quieres más razones para dejar de atender a ese adicto que hay dentro de ti?. ¿Te parecen pocas estas razones?.
Es tu vida físicamente hablando, lo que está en juego. Es tu salud, tu juventud, tu psique y tu organismo. ¡Todo eso está en juego!.
Eres un adicto/a, pero puedes dejar de serlo.
O… la otra alternativa es, por duro que suene: La muerte en vida.
En tu mano está, como todo en este mundo, en tú mundo.
Saludos a tod@s.
Escrito por nuestro colaborador Alquimista
TWITTER: @alquimistaverda

jueves, 19 de junio de 2014

“La comida ha sido manipulada para que sea adictiva y resulte difícil dejar de comer”

“Es posible que creamos que no tenemos tiempo ni energías (ni conocimientos) para cocinar a diario, pero aún no estamos preparados para que esa actividad desaparezca de nuestras vidas por completo”.
Bajo esta premisa, Michael Pollan (Nueva York, 1955). uno de los periodistas especializados en alimentación más relevantes del momento  –autor de los superventas El detective en el supermercado y El dilema del omnívoro–, se propuso elaborar una breve, pero intensa, historia de la cocina. Una reivindicación de las bondades de esta actividad milenaria, que ahora ve la luz en España.
Cocinar: una historia natural de la transformación (Debate) es uno de los ensayos más interesantes en lo que respecta a la alimentación de los últimos años. Y el entusiasmo que recorre sus páginas, llenas de vivencias narradas en primera persona, se multiplica cuando es el propio Pollan el que cuenta sus descubrimientos al otro lado del teléfono, desde su casa en la bahía de San Francisco.
Después de 1880 no ha habido ningún desarrollo que haya hecho que la comida sea más saludablePara Pollan la cocina no es sólo una herramienta, ni un entretenimiento, es una actividad que define nuestra especie. “Cocinar nos hizo humanos”, asegura el escritor con rotundidad. “Si no hubiéramos descubierto nunca cómo cocinar, no nos reconoceríamos a nosotros mismos. Es cocinar lo que nos dio más energía que la que tenían otros animales, porque ellos gastan mucha energía para digerir los alimentos y nosotros no. Así que pudimos gastar esa energía en tener un cerebro más grande, que nos permitió desarrollar habilidades cognitivas que el resto de animales no tienen”.
La historia de la cocina camina paralela a la historia de la humanidad. Fue la cocina con fuego la que permitió que el Homo Sapiens se distinguiera del resto de primates, y la revolución neolítica no puede entenderse sin la invención de la cerámica y, con ella, la capacidad para cocer los alimentos que fue, según Pollan, condición indispensable para el desarrollo de la agricultura y el sedentarismo. La civilización, en definitiva, nació en torno a una olla.
Con el tiempo se fueron sucediendo todo tipo de innovaciones, fruto del ingenio humano: aprendimos a moler los cereales y hornear el pan, logramos controlar la fermentación para fabricar alcohol, queso y todo tipo de encurtidos, descubrimos que la salazón podía hacer que aguantaran más los alimentos…
Todos estos inventos tenían, según Pollan, algo en común: “Las formas de cocinar, las nuevas formas de procesar los alimentos que la humanidad fue descubriendo, hacían que la comida fuera más saludable”. Pero todo cambió con la llegada de la industrialización. “Entonces”, asegura Pollan, “empezamos a procesar la comida de forma que la hacía menos saludable. El punto de inflexión fue el refinado de la harina y nuestra habilidad para separar el almidón del germen y el salvado, las partes más nutritivas del grano, que se eliminan cuando se muele. Esto ocurrió en 1880. No veo que después haya habido ningún desarrollo que haya hecho que la comida sea más saludable. Ha habido desarrollos que la han hecho, quizás, más interesante. Si vas a un restaurante de cocina molecular verás nuevas técnicas, pero no es algo que haya contribuido a la salud y la felicidad de la humanidad”.
De cómo hemos abandonado los fogones
Pollan es muy crítico con el papel de la industria alimentaria que, asegura, es la principal responsable de que hayamos abandonado la cocina. Las grandes cadenas alimentarias, explica, nos han empujado a aceptar sin rechistar los productos procesados, bajo la promesa de que ahorraríamos tiempo y nos libraríamos de una actividad engorrosa que, gracias a ellos, nunca más tendríamos que realizar. Y es cierto, cada vez cocinamos menos, pero a cambio nuestra salud se resiente.
Para Pollan, no hay nada de altruista en los procederes de las grandes corporaciones: “La industria alimentaria nos ha animado a abandonar la cocina porque gana más dinero cuanto más procesada esté la comida. Es muy difícil ganar dinero vendiendo comida sin procesar; basta hablar con cualquier agricultor, es una manera muy difícil de ganarse la vida. Cuanto más proceses la comida, cuanto más baratos sean los ingredientes que utilices y más complejo sea el resultado, y más grasa, azúcar y sal añadas, más dinero ganas”.
Todo forma parte de una estrategia diseñada de forma explícita para que comamos más. “Puedes hablar de la libertad de elección y la responsabilidad individual”, admite Pollan, “pero no sabemos qué hay en esa comida. Hemos sido manipulados. Es muy difícil tener la libertad de elegir cuando no tenemos la información. La comida ha sido manipulada de formas muy inteligentes para que sea adictiva y sea muy difícil dejar de comer. La industria usa internamente términos como “adictividad” o blitz point [algo así como una “explosión de sabor”], snackability [cuán apetecible es algo para picotear]… Están trabajando de forma deliberada para crear comida que no podamos parar de comer. Y saben cómo hacerlo, básicamente mezclando sal, azúcar y grasa”.
Anuncio de Taco Bell promocionando la 'cuarta comida', entre la cena y el desayuno. Anuncio de Taco Bell promocionando la ‘cuarta comida’, entre la cena y el desayuno.
El arma secreta de la industria alimentaria
La industria cuenta, además, con un reclamo que muchos desconocemos: el umami (“sabroso” en japonés), uno de los cinco sabores básicos, junto el dulce, el ácido, el amargo y el salado. El sabor fue identificado por primera vez en 1908, gracias a los trabajos del profesor de la Universidad Imperial de Tokio Kikunae Ikeda, pero no ha sido hasta hace poco cuando ha sido reconocido por toda la comunidad científica.
A la gente le gusta la idea del pan integral, pero no quiere la realidad. La realidad es que es difícil de hornear, no se puede hacer a escala industrial, con máquinas y, además, es más amargo y menos dulce“Aunque hace unos años la gente no sabía que era el umami, y hasta hace unas décadas si siquiera sabíamos qué era exactamente ni teníamos un nombre para definirlo, muchas de las comidas procesadas están pensadas para resaltarlo”, asegura Pollan. “Cuando ves ingredientes como la proteína vegetal texturizada o el glutamato monosódico, son todo químicos que saben a umami. Los humanos estamos programados por la evolución para que nos guste, probablemente porque es el sabor de la carne. El bacón es el mejor ejemplo, tiene todos los compuestos químicos que configuran el umami”.
Pero el umami no es el único secreto de la industria alimentaria. El colmo de los colmos es que las empresas han logrado tal sofisticación que pueden vendernos alimentos tremendamente complejos, con una apariencia saludable que no es tal. Algo que les sirve para aprovecharse de nuestra cada vez mayor preocupación por la alimentación.
“Estamos muy concienciados de lo que comemos, pero comemos imágenes e ideas”, asegura Pollan, que pone como ejemplo las tretas de las panificadoras. “La idea de que el pan de grano entero, integral, es bueno está muy establecida”, explica. “A la gente le gusta la idea del pan integral, pero no quiere la realidad. La realidad es que es difícil de hornear, no se puede hacer a escala industrial, con máquinas y, además, es más amargo y menos dulce que el pan blanco. Así que hemos tratado de crear una versión del pan integral que es exactamente igual que el pan blanco: usamos la misma harina, le añadimos el grano entero por separado y utilizamos azúcar para ocultar el sabor de éste. El resultado es un producto procesado que no es para nada más saludable que el pan blanco. No tiene ningún sentido”.
Michael Pollan cocinando junto a su hijo Isaac. (Liz Hafalia/San Francisco Chronicle/Corbis)Michael Pollan cocinando junto a su hijo Isaac. (Liz Hafalia/San Francisco Chronicle/Corbis)
El abandono de los fogones nos empuja a la soledad
Al margen de los evidentes efectos que la comida procesada tiene sobre nuestra salud, una de las consecuencias más preocupantes del abandono de la cocina reside en que hemos dejado de lado la capacidad que tenía ésta para unir a la familia y los amigos. Cada vez hacemos más comidas solos. Y es algo de lo que deberíamos preocuparnos.
“Cuando dejas que la industria cocine por ti, no va a cocinar para toda la familia, va a cocinar para cada miembro de la familia”, asegura Pollan. “Y cuando la comida se dirige a ti, como individuo, comes más que si la compartes. Quieren que seamos comensales individualistas, y que comamos en solitario. En realidad ni siquiera quieren que comamos, quieren que estemos picando todo el rato”.
El abandono de la cocina no sólo nos separa de nuestros allegados, además, asegura Pollan, nos aleja de la naturaleza, pues se pierde el vínculo que une irremediablemente a ésta con lo que nos llevamos a la boca.
Cuando cocinas pones tus manos sobre cosas reales, sobre plantas y animales, y recuerdas que el pollo era un pájaro“Un día le pregunté a mi hijo si pensaba que los nuggets de pollo sabían realmente a pollo”, explica Pollan. “Me dijo: ‘¿A qué te refieres? Saben a nuggets’. Le pregunté de dónde demonios creía que venían los nuggets y no lo sabía. La mayoría de los niños no tienen ni idea de la conexión existente entre lo que comen y el mundo natural, no saben que comemos plantas y animales y algunos hongos. Es muy fácil olvidar esto”.
“Una de las cosas bonitas de cocinar, responsable de la satisfacción que provoca, es que te conecta con el origen de la comida y con la naturaleza”, afirma el escritor. “Cuando cocinas pones tus manos sobre cosas reales, sobre plantas y animales, y recuerdas que el pollo era un pájaro. Y creo que es algo muy importante. Si nos olvidamos de esto, no cuidaremos como debemos de nuestros pollos, no cuidaremos el suelo, no cuidaremos nuestra tierra… Y no podemos sobrevivir si la tierra no está sana. Al dejar que las corporaciones cocinen por nosotros, ya sea comida rápida, procesada o paella congelada, lo que hacemos es abandonar una importantísima conexión con el mundo. La cocina es la mejor forma que conozco de restablecer esa conexión”.
Pese al discurso aparentemente catastrofista de Pollan, sus conclusiones finales son optimistas: “En los últimos 30 años hemos dejado que la industria cocine por nosotros y creo que ha llegado el momento de darse cuenta de que ha sido un experimento fallido. Hay muchas razones para rechazar la comida procesada, industrial. El problema es que muchos de nosotros dependemos de ella. Algunos porque no sabemos cómo cocinar, otros porque no tenemos tiempo. Pero siempre encontramos tiempo para las cosas que consideramos importantes. Lo que quiero explicar en este libro es que merece la pena emplear algo de tiempo todos los días en hacer la comida. Es satisfactorio, y tiene un enorme valor para ti y para tu familia en términos de placer y salud. Debería ser una prioridad”.