Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de enero de 2014

Trabajar para vivir: el trabajo en la Edad Media

En la Edad Media se trabajaba más pausadamente y menos horas. La llegada del capitalismo supuso la aceleración del ritmo de trabajo, el perfeccionamiento de la disciplina laboral y la disminución del tiempo libre de los trabajadores.

Por herencia de la Ilustración y por la abrumadora abundancia material y tecnológica, nuestra cultura tiene una fe ciega en el progreso de la historia. Comúnmente esta confianza cristaliza en ideas y opiniones que ven nuestro presente como un avance respecto a épocas pretéritas, aunque esta actitud sea muy cuestionable y su veracidad dependa del criterio que escojamos para comparar distintos periodos de la historia.
Es cierto que la ciencia y la racionalización de los procesos productivos han incrementado espectacularmente la productividad, permitiéndonos realizar en menos tiempo lo que antaño requería interminables jornadas de gran esfuerzo físico o mental. Pero siguiendo esta fantasía del progreso, suele pensarse que el avance científico-tecnológico nos ha permitido rescatar tiempo para nosotros mismos y que ahora trabajamos menos que nuestros antepasados.
Esta imagen, sin embargo, no coincide con la experiencia actual de millones de personas que aseguran carecer de tiempo libre una vez acabado el trabajo y las obligaciones domésticas. Ni tampoco se asemeja a la lectura que algunos historiadores realizan de la Edad Media, ese periodo de la humanidad a menudo desconocido y menospreciado por el injusto estereotipo de “edad oscura” que automáticamente se le asigna.
Según algunos historiadores antes del capitalismo el cómputo total de las horas trabajadas era inferior, el ritmo de trabajo más relajado, alternado con momentos de esparcimiento, y despreocupado por criterios como la eficiencia o la productividad. El calendario medieval, por ejemplo, estaba repleto de días libres. Las fiestas religiosas incluían las navidades, las pascuas, vacaciones durante parte del verano y numerosos días festivos en conmemoración de diferentes santos.
Asimismo, está documentado (2) que existía gran permisividad para celebrar con relativa frecuencia momentos especiales de la vida individual, tales como bodas o bautizos, o de la vida colectiva, como tradiciones locales más allá de las oficialmente reconocidas por la iglesia. Se calcula que la media de tiempo libre en el Reino Unido, Francia y España era de aproximadamente 100 días, 180 y 150 respectivamente. En todo caso, conviene que el lector sepa que estos cálculos son aproximados y sujetos a error, pues sólo del pasado reciente existen datos exhaustivos sobre este asunto (3).
De hecho, esta despreocupación por el registro de los acontecimientos representa la actitud propia del universo medieval frente a la máxima moderna de archivarlo todo, de ubicar cada elemento en un espacio y en un tiempo concretos a fin de incrementar el control, la eficiencia y la productividad (4).
La economía pre-capitalista estaba inscrita en los ritmos de una sociedad predominantemente agraria, modesta y humilde, desconocedora de la abundancia material y tecnológica de la que disfrutamos en la actualidad, pero rica en tiempo libre. La conocida sentencia “el tiempo es oro”, popularizada al parecer por Benjamin Franklin, describe perfectamente la actitud moderna hacia el trabajo y la productividad, mientras que se opone diametralmente a la parsimonia característica de etapas pre-capitalistas.
La visión del medievalista francés Jacques Le Goff (5) nos ofrece una nueva edad media, más allá de los estereotipos anacrónicos con que frecuentemente imaginamos este momento de la historia. Para este experto, en la conciencia cotidiana del individuo medieval no encontramos las unidades temporales que articulan nuestra vida actual. Conceptos tales hora, minuto o segundo; puntualidad, productividad o medidas para ahorrar tiempo en la realización de una tarea no formaban parte del imaginario laboral del hombre medieval. Por el contrario, lo común por entonces era una vaga percepción del tiempo, desinteresada por medirlo meticulosamente.
Esta preocupación por el control del tiempo de trabajo vino más tarde con el desarrollo del capitalismo, motivada principalmente por el objetivo mercantil de aumentar la productividad, es decir, el número de bienes producidos por unidad de tiempo. Este cambio sustancial en el modelo económico trajo consigo un incremento de las horas anuales de trabajo, principalmente durante la revolución industrial, momento de la historia donde diversos historiadores sitúan el máximo de horas anuales trabajadas (6).
De hecho la actitud del hombre medieval hacia el trabajo dista mucho de la nuestra, moldeada durante siglos: primero por la ética protestante que presentaba el trabajo disciplinado como un indicio de salvación divina, y segundo por una ética hedonista del consumo, que representaba el trabajo como el medio para alcanzar el “sueño americano” y la realización personal mediante la acumulación de bienes materiales (7).
Se sabe que la conciencia medieval contemplaba el trabajo como un medio para satisfacer las necesidades inmediatas. Por ello, una vez cubiertas éstas, aquél perdía todo su sentido: el trabajador medieval era principalmente un trabajador intermitente e irregular, que vendía su fuerza de trabajo sólo los días necesarios para ganarse el sustento.
De hecho, al comienzo de la Revolución industrial, cuando las gentes del campo emigraron a las ciudades para trabajar en las fábricas, los empleadores constataron rápidamente y para su desgracia que esta ética medieval del trabajo estaba muy arraigada entre sus nuevos empleados. La pereza, la impuntualidad o el absentismo laboral crecían cuando los trabajadores recibían su salario, que por lo general se pagaba a diario. No tardaría en llegar el salario semanal o mensual para poner freno a estas indisciplinas que lastraban el ritmo y la calidad de la producción.
Notas
(1) Schor, J. The overworked American. The unexpected decline of leisure. NY. BasicBooks.1992.
(2) Rodgers, E. Discussion of holidays in the later Middle Ages. NY. Columbia University Press. 1940.
(3) Schor, J. The overworked American. The unexpected decline of leisure. NY. BasicBooks.1992.
(4) Foucault, M. Surveiller et punir. Gallimard. Paris. 1975.
(5) LeGoff, J. Pour un autre moyen age: temps, travail et culture en Occident. Gallimard. Paris.1999.
(6) Schor, J. Op cit.
(7) Beder, S. Selling the work ethic: from puritan pulpit to corporate PR. Zed Books. London. 2000.
Fuente  :  Agencia Tigris.
Visto en  :  Sott.net

martes, 5 de noviembre de 2013

Depresión de trabajadores en Europa preocupa a los empresarios

La depresión que aqueja a los empleados de grandes empresas europeas está preocupando al sector empresarial, ya que la pérdida de productividad para compañías de este continente supone unas pérdidas de unos 92 mil millones de euros al año.

Esta situación ha llevado a las empresas británicas de BT y Royal Mail, y a la alemana Deutsche Post unirse para tratar de hacer frente a la depresión que acecha a las oficinas.
Según afirma el director de recursos humanos de la empresa británica Royal Mail, “la depresión debe ser considerada como cualquier otro tipo de enfermedad, como el cáncer y las enfermedades del corazón. Solo requiere un enfoque diferente en términos de rehabilitación y reintegración en el lugar de trabajo”.
Conforme a las estadísticas, se estima que uno de cada diez trabajadores en este continente se ve afectado por la depresión, la situación en España y Francia aún es peor, 1 de cada 5 parece padecer esta enfermedad.
Una encuesta recientemente realizada ha demostrado que los trabajadores en el Reino Unido son los más infelices de Europa, de tal forma que solo dos tercios de los trabajadores británicos se sienten satisfechos con su actual empleador. Largas jornadas, bajos salarios y la falta de aprecio, entre otras cuestiones, son algunas de las razones que derivan en este descontento.

lunes, 19 de noviembre de 2012

EDUARDO GALEANO: Sobre la esclavitud moderna

El escritor uruguayo convocó a cientos de estudiantes, que fueron hasta nueve horas antes de que hablara para conseguir entrar. El tema era uno “que ya no suele tocarse”, el del trabajo “y el del miedo que tenemos todos de quedarnos sin trabajo”. Fue escuchado en un silencio profundo y aclamado al final.


Ocurrio en Chicago en 1886:

1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de remate.

Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.

Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies marcharon a la horca. El quinto condenado, Louis Linng, se había volado la cabeza en su celda.

Cada 1º de mayo, el mundo entero los recuerda.

Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón.

Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes derretidos que pintó Salvador Dalí. 


Una enfermedad llamada trabajo

En 1714 murió Bernardino Ramazzini.

El era un médico raro, que empezaba preguntando:

–¿En qué trabaja usted?

A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia.

Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.

Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott.

Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban, desnudos, por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. El hollín era su verdugo.
Desechables

Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992, la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez niños, engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free, libre de sindicatos, el sector electrónico.

Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las ciento noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y Los Muppets.

En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales.

“Nuestro estilo de trabajo”, como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.

La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.

Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo.
Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos,
Francia ratificó 115,
Noruega 106,
Alemania 76 y los
Estados Unidos... 14.

El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir “cláusulas sociales” y de “protección ambiental” en los acuerdos de libre comercio.

¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?

Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre.

Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes:
en idioma tecnocratés, se indigna contra “la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales”.

Traducido, eso significa: olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores.
El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro:

“Para competir, hay que exprimir los limones”.

Y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo.

Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada.
Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota.
De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa.
De los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad.
A través de trescientas empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo.
En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: “Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista chino.

El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden:

a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad.

A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.

Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman “sweat shops”, talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto.

Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están “en negro”, sin ninguna protección legal.
Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América latina corresponden al “sector informal”, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios.

La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo al revés, la libertad oprime:
la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar.

El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo?
¿Quién no teme convertirse en un “obstáculo interno”, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los obstáculos internos”?

Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

Un raro acto de cordura

En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas semanales el horario de trabajo.

Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común.

Al fin y al cabo,
¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad?

¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia?

Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón.

Pero poco duró la cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los diez años..............


Los derechos de los trabajadores ¿Un tema para arqueólogos?
Eduardo Galeano Página 12